El hombre disuelto

MarNoche

Por Marcelo Padilla

Habrán sido las dos de la tarde, o menos, cuando nos encontramos charlando sobre la arena con Joaquín. Mirábamos el mar y señalábamos con los dedos el caserío -un poblado que creció pegado a la primera arena de la playa. Estábamos en grupo, con otros tipos -recuerdo- pero esparcidos. Yo le decía a Joaquín que igual no se podía quejar, que su casa estaba muy cerca del agua, una casa humilde pero muy cerca del agua.

Joaquín era un hombre de unos 55 años aproximadamente, panzón, medio pelado y pinta de gringo con ojos verdes, algo desdentado, tipo campesino. En las circunstancias era mi tío lejano, por parte de padre. Bueno para el asado y el tinto en damajuana, verdulero de profesión, un laburante con familia numerosa.

De golpe estábamos bajando de una especie de duna, metiéndonos a la casa de uno de los del grupo que viéramos en la playa, todos hombres de diferentes edades, algunos que conocía, otros que jamás había visto en mi vida. Bajamos por una escalera de emergencia y aparecimos en un jardín donde había una parrilla y arbustos con flores. Los demás, vestidos como tenistas, charlaban serenos como si el tiempo estuviera regulado por ellos a través de un grifo que vertía tiempo lento. Cada uno en su letargo.

De repente… la noche. El recuerdo de Joaquín había disipado y me encontré esta vez charlando con dos hombres en la puerta de esa casa, sintiendo el golpeteo constante de las olas en la arena, el rugir de los truenos que anunciaban tormenta. Enfrente estacionaba un auto delante de una tranquera de palos. Del coche -un Ford Fairlane 500 bordó, tipo bote- bajaban dos mujeres y un hombre fornido, mayor.

Miren”, les dije a los tipos que departían conmigo, “¡es Tom Lupo!” -solté atónito cortando la conversación. “Debe estar el asado entonces, tenemos que ir a comer” -afirmé ensimismado.

Lo extraño sucedió luego que disparé esa frase. Yo estaba suspendido en el aire, horizontal, a un metro del pasto, y nadie ya me acompañaba. Cuando volví a la casa a comer no hubo nada, ni rastros en el lugar que delataran hubiera pasado un ser humano allí. Todo ordenado como si a la casa no la habitaran por años, abandonada al orden.

Es el deseo sostenido en la ficción” -pensé, con cierto temor. Hasta las luces habían apagado. Me sentí no registrado en las horas anteriores. O tal vez, no habíamos compartido el mismo pliegue de realidad que paralelamente transité con ellos.

Tom Lupo no salía de la casa con sus amigas y abrigué la sensación de todo desvanecimiento: la fragilidad y lo efímero de las conversaciones, la insospechada llegada de la noche con sus tormentas.

Fui por un trago a la cocina desierta y salí a caminar por la arena. A pocos metros encontré a Joaquín sentado mirando el mar, como extraviado y errante. “Allá va mi casa”, dijo con tristeza punteando con el dedo…“¿Ves esa que se hunde? ¡Ésa, ésa!” – señalaba, mientras sus ojos se mojaban.

Desperté con angustia de madrugada y salí de la cama. Preparé unos mates y me incliné sobre la ventana del living apoyando los codos sobre el marco a observar la insoportable impavidez de la noche: los mismos autos viejos en la vereda del chapista de la esquina, la casa que no se alquila pero que dice “se alquila”, la acequia sin una gota de agua, los árboles centinelas.

Prendí un cigarro y salí a la puerta. Sobre el piso de cemento del estacionamiento del vecino posaba un hombre sentado mirando la nada, extraviado, como Joaquín. No aguanté y exclamé: “Joaquín, Joaquín”, y el hombre se disolvió al instante, haciendo firuletes en el aire.