Movilidad social ascendente

Condición básica ineludible para aspirar a una “sociedad de bienestar”

Fotografía: gentileza M.A.F.I.A.

Fotografía: gentileza M.A.F.I.A.

 

Por Julio Semmoloni

Puede que la seguidilla de cuatro notas publicadas por ZEPA en menos de tres semanas, y todas referidas a plantear la necesidad de encarar desde un principio el desarrollo de la Argentina, induzca a los lectores a considerar que esta propuesta periodística estratégica presenta un aspecto utópico despegado de la realidad que ofrece políticamente el día a día del país.

Aclaro de inmediato que la intención primordial está puesta en asirme críticamente al tiempo político de galopante deterioro laboral y productivo actual, para advertir que los sectores progresistas –por ahora apabullados por los adversos acontecimientos posteriores al 22 de noviembre-, esta vez deben “empezar de nuevo” a fin de prepararse para “la transformación imperiosa”, que supone esencialmente que “antes de entrar” (al mundo desarrollado), “primero hay que salir del subdesarrollo”, si finalmente se desea alcanzar “la sociedad de bienestar”. (Las frases entre comillas corresponden a los sucesivos títulos de esas cuatro notas ya publicadas.)

Voy al grano: un referente inequívoco de la calamidad vigente que se instaló tras aquel resultado electoral es Javier González Fraga, quien entusiasmado por el impulso antipopulista ratificó sarcásticamente que en la Argentina del atraso y la dependencia que él defiende y representa, es impracticable la movilidad social ascendente (mayor consumo masivo de bienes y servicios), porque produce consecuencias que van en detrimento de esos intereses (la distribución del ingreso tiende a equilibrarse en favor de los asalariados).

Su sentencia no fue un arrebato goloso de poder ni un incauto sincericidio, pues se trata de un conspicuo y experimentado dirigente radical acostumbrado a llamar las cosas por su nombre. Nadie de toda esta runfla de chapuceros que mezcló Cambiemos podría haber calibrado con mayor precisión los términos extremos de la correlación de fuerzas políticas que verdaderamente están hoy en desigual pugna en nuestro país. Por ahora el desconcierto que parece cundir en las filas de la oposición, se debe mucho más a la inoperancia del repliegue kirchnerista que al oportunista convite negociador del oficialismo.

Queda demostrado con elocuencia que desde el neoliberalismo criollo jamás se atiende la posibilidad del desarrollo nacional sustentable. Una condición fundamental, fundacional del desarrollo en términos sociales es, precisamente, la movilidad ascendente. De lo contrario, no es posible generar el salto de calidad de vida necesario para completar y superar definitivamente la etapa previa, embrionaria del crecimiento sostenido.

Así ocurrió a fines del siglo XIX en Estados Unidos, portador del capitalismo industrial más avanzado, y que por eso mismo incubaba los movimientos proletarios más demandantes de derechos laborales que condujeran a una posible sociedad de bienestar. La burguesía industrial yanqui, aleccionada por la teoría del fordismo (Henry Ford deseaba que cada uno de sus obreros pudiera comprarse el vehículo que fabricaba), puso a la amplia clase media en una situación de bienestar generalizado antes que cualquier otro país europeo. Pero previamente, hacia 1885, Estados Unidos se había convertido en la primera potencia industrial, es decir, había adquirido el máximo grado de desarrollo estructural productivo para la época. En los últimos treinta años dicho sistema se fue envileciendo, dada la híper concentración capitalista actual, provocando la degradación de aquella pionera bonanza.

El gobierno peronista que devino inopinadamente del golpe militar de 1943, procuró, antes que en cualquier otro país latinoamericano, generar una transformación política, económica y social que diera verosimilitud práctica a la movilidad social ascendente, con el fin de acercarse al umbral de la sociedad de bienestar. Como sabemos, a raíz de que no pudo o no supo modificar la estructura productiva desequilibrada que aún padece el país por ser subdesarrollado, se encontró durante el segundo período de aquel mandato inicial con escollos económicos e institucionales que impidieron afianzar las promisorias conquistas de los trabajadores. Desde luego, el sangriento golpe de 1955, con el que se identifica ideológicamente la nómina jerárquica que hoy gobierna el país, marchó en el sentido contrario a las aspiraciones explícitas de aquel populismo.

Sin la movilidad social ascendente de los más diversos sectores sociales, en especial los vulnerables, no se puede impulsar simultáneamente a todo el dispar conjunto, para darle desarrollo pleno a sus potencialidades. El relato neoliberal pondera esos contrastes sociales para que se cristalicen. Cuando naturaliza las desigualdades lo que hace es plantear, como si fuera un hecho inmodificable, que es la inveterada matriz productiva del país la que engendra esta matriz distributiva esencialmente inequitativa.

Claro que los insuficientes intentos populistas dan mucha tela para cortar (persistencia de la pobreza estructural, vasta informalidad laboral, baja productividad industrial, anémica obra pública, deficiente sistema de transporte, etc.). Tan es así que, pese a que con el gobierno anterior la Argentina recuperó el vigor de progreso que otrora la singularizara en la región, el cúmulo de indecisiones estratégicas causado por la excesiva improvisación, acabó haciéndole perder el principal atributo republicano con el que necesita contar para proyectar a largo plazo: el triunfo electoral. Por no trabajar desde un principio en la transformación de fondo, el populismo sufrió por primera vez una derrota en las urnas que encima conlleva el retroceso a situaciones que parecían ya superadas, porque los esporádicos aciertos estratégicos adolecieron de una articulada gestación para resultar sustentables.