La sociedad de bienestar

Mediante amplios consensos y criteriosa planificación podría alcanzarse.

Fotografía: gentileza M.A.F.I.A.

Fotografía: gentileza M.A.F.I.A.

 

Por Julio Semmoloni

El anhelo nacional de la dispersa y antagonista dirigencia argentina nunca estuvo debidamente puesto en desarrollar el país como requisito ineludible para alcanzar la “sociedad de bienestar”. Esta ininterrumpida democracia republicana desde 1983, aún no generó las condiciones para que esa heterogénea y dispar dirigencia mantenga un trato dialoguista y negociador, por ejemplo. En cambio, ofrece a diario penosos escenarios de compulsivas pugnas y esperadas revanchas que tornan improbable la construcción de un proyecto común que permita la participación de todos los sectores.

No se trata de buscar la tilinga e inviable “unión de los argentinos” que algunos sinvergüenzas de hoy proponen desde la antipolítica. Se trata de defender con prudencia y racionalidad los intereses en pugna, primero asumiendo los motivos de las disputas y luego aceptando en conjunto refrenar esas embestidas, para dirigir el impulso colectivo en aras de otro interés superador.

Esto que parece hoy una quimera, es posible con sólo verificar lo que se ha logrado durante el período señalado más arriba. La continuidad democrática republicana no hubiera sido factible sin un conducente entendimiento para dejar atrás la cíclica irrupción dictatorial cívico-militar.

Y así como ahora no podemos pretender una madurez democrática como la de Holanda o Australia, por ejemplo, tampoco deberíamos ambicionar que en pocos años se alcanzará un grado de desarrollo capaz de generar una “sociedad de bienestar” como la de Noruega. Habrá que superar numerosas etapas de desafíos inesperados y desalentadores, como el que ocurrió aquella semana de 2001 en la que el país tuvo cinco presidentes. Por más que algunos necios consideren que aquello fue solamente un papelón histórico, también quedó demostrado que pudieron respetarse los mecanismos institucionales para no incurrir otra vez en el golpismo anacrónico.

Durante los setenta, los argentinos creían imposible conseguir una continuidad democrática como la actual. Sin embargo, tras el peor terrorismo de Estado, sobrevino un consenso tácito o explícito pero efectivo, y se pudo. Hoy sabemos que el sistema vigente presenta demasiadas flaquezas, porque tampoco se prolongó como consecuencia de una planificación implementada a partir del supuesto consenso. De ahí, entonces, que los sectores medios y populares encabezados por una dirigencia no siempre a la altura de las necesidades, deben empezar desde ya a consensuar una planificación metódica y consecuente para no volver a afrontar con las manos vacías las oportunidades políticas que los propios sectores se darán a sí mismos en el mediano plazo.

El que planifica deja de supeditar su suerte a la marcha del gobierno de turno para recién vislumbrar la nueva ocasión. El que planifica sabe que la posibilidad de ejercer esa planificación será consecuencia de una inherente madurez en la evolución de los acontecimientos. Y su legítima actividad política, en simultáneo con el transcurso de los hechos, hace posible el involucramiento que contribuye a marcar los tiempos.

Basta de enfrascarse en la pretensión de reproducir lo que ya se hizo bien o mal, por el simple hecho de imponer con el empuje de la volatilidad electoral un modelo sobre otro. Estar preparado significa en estos momentos concentrarse en diseñar un novedoso sistema autóctono, lo más plural e integrador posible, para salir del ruin toma y daca.

Si prevalece el cauteloso acecho, a la espera de la retirada catastrófica del que gobierna, se vuelve a la terrible situación de emergencia que recibió el gobierno anterior, y que por no estar preparado debió inmolar sus mejores resultados y energías políticas iniciales, tan sólo (y nada menos que) en reanimar un país que había sido casi exterminado con exclusividad por el neoliberalismo.

La tarea primordial a planificar será la construcción de un renovado y mucho más sólido y eficiente Estado benefactor, que será el garante de la preservación del nivel y calidad de vida de la población. La acción embrionaria estatal debe darle soporte estructural a los amplios y numerosos beneficios sociales a través de una inversión constante en obra pública. El objetivo que no se delega ni claudica será el salto al desarrollo institucional y de infraestructura productiva de bienes y servicios.

Ya sabemos con certeza estadística que mediante la vía neoliberal conservadora del actual gobierno es imposible siquiera iniciar este camino, porque persigue metas privadas subalternas y de inconfesable sumisión. En cuanto a la opción populista, hemos comprobado que su reiterado (y mejorado) menú de satisfactorios aportes fue insuficiente. No es sustentable lo que se hace sin planificación y en ausencia de consensos.

Queda, pues, superar los intentos de azarosas, improvisadas y voluntaristas gestiones que emergieron de victorias comiciales. Llegó el tiempo de la transformación en serio, buscada y programada, para no volver a ser presas de las aviesas alternancias de gobiernos. Y para al fin animarnos a construir un proyecto superador, viable, transformador, integral, de bienestar general y sustentable.