Padres negreros

Foto: Nicolás Pereira (Tiempo Bullet)

Foto: Nicolás Pereira (Tiempo Bullet)

 

Por Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942)

He sido testigo de una escena que me parece digna de relatarse.

Un amigo y yo solemos concurrir a un café que atiende el propietario del mismo, su mujer y dos hijos. De los hijos, el mayor tendrá nueve años, el me­nor, siete. Mas los mocosos se desempeñan como mozos auténticos, y no hay nada que decir del servicio, como no ser que en los intervalos las criaturas aprovechan para hacer pavadas, que, gracias al diablo, al padre y a la madre, ni tiempo de hacer macanas dignas de su edad tienen.

¿Qué macanas? Trabajar. Hay que ver al padre. Tiene cara meliflua y es de esos hombres que castigan a los hijos con una correa, mientras les dicen despacito al oído: “Cuidado con gritar, ¿eh?, que si no te mato”. Y lo más grave es que no los matan, sino que los dejan moribundos a lonjazos.

La madre es una mujer gorda, ceño acentuado, bigotes, brazos de jamón y ojos que vigilan el centavo con más prolijidad que si el centavo fuera un mi­llón. Hombre y mujer se llevan admirablemente. Os recuerdan el matrimo­nio Thenardier, el posadero que decía: “Al viajero hay que cobrarle hasta las moscas que su perro se come”. No piensan nada más que en el maldito dine­ro. Habría que encerrarlos en una pieza llena de discos de oro y dejarlos morir de hambre allí dentro.

Mi amigo suele dejar varias monedas de propina. No es pobre. Bueno: yo creo que el chico que nos servía cometió la imprudencia de decirle al padre eso, porque ayer, cuando nos sentamos, nos sirvió el mocoso, pero en el momento de levantarnos y dejar paga la consumición, preciso instante en que el chico venía para recoger las monedas, el padre, que vigilaba un gato o una paloma distraída, el padre se precipitó, le dio una orden al chico, y, ¡fíjese bien!, sin con­tar el dinero, para ver si estaba o no justo el pago de la consumición, se lo echó al bolsillo. El chico miró lastimeramente en nuestra dirección.

Mi amigo vaciló. Quería dejar una propina para el mocito; y entonces yo le dije:

-No. No hay que hacer eso. Dejá que el chico juzgue al padre. Si vos le dejás propina, la impresión penosa que tuvo se borra inmediatamente. En cambio, si no le dejás propina, no se olvidará nunca de que el padre le “ro­bó” por prepotencia dos moneditas que él sabe perfectamente estaban allí pa­ra él. Es necesario que los hijos juzguen a sus padres. ¿Pensás que las injus­ticias se olvidan? Algún día, ese chico que no ha tenido infancia, que no ha tenido juegos apropiados a su edad, que fue puesto a trabajar en cuanto pu­do servir al prójimo, algún día el chico ese odiará al padre por toda la explo­tación inicua de que lo hizo víctima.

Luego nos separamos; pero me quedé pensando en el asunto.

Recuerdo que otra mañana encontré en una calle de Palermo a un carni­cero gigantesco que entregaba una canasta bastante cargada de carne a un chico hijo suyo, que no tendría más de siete años de edad. El chico caminaba com­pletamente torcido, y la gente (¡es tan estúpida!) sonreía; y el padre también. En fin, el hombre estaba orgulloso de tener en su familia, tan temprano, un bu­rro de carga, y sus prójimos, tan bestias como él, sonreían, como diciendo:

-¡Vean, tan criatura y ya se gana el pan que come!

Pensé hacer una nota con el asunto; luego otros temas me hicieron ol­vidarlo, hasta que el otro acto me lo recordó.

Cabe preguntarse ahora, si estos son padres e hijos, o qué es lo que son. Yo he observado que en este país, y sobre todo entre las familias extranjeras, el hijo es considerado como un animal de carga. En cuanto tiene uso de ra­zón o fuerzas “lo colocan”. El chico trabaja y los padres cobran. Si se les di­ce algo al respecto, la única disculpa que tienen estos canallas es:

-Y… ¡hay que aprovechar mientras que son chicos! Porque cuando son grandes se casan y ya no se acuerdan más del padre que les dio la vida (Co­mo si ellos hubieran pedido antes de ser que les dieran la vida).

Y cuando son chicos se les hace trabajar porque alguna vez serán gran­des; y cuando son grandes, tienen que trabajar, porque si no ¡se mueren de hambre!…

Por lo general, el chico trabaja. Se acostumbra a agachar el lomo. En­trega la quincena íntegra, con rabia, con odio. En cuanto hace el servicio mi­litar, se casa y no quiere saber nada con “los viejos”. Los detesta. Ellos le agriaron la infancia. El no lo sabe, pero los detesta, inconscientemente.

Vaya usted y converse con esos centenares de muchachos trabajadores. Todos le dirán lo mismo: “Desde que yo era un purrete, me metieron al yu­go”. Hay padres que han explotado bárbaramente a los hijos. Y los que hi­cieron una fortuna no les importa un ardite el odio de los hijos. Dicen: “Te­nemos plata y nos respetarán”.

Hay casos curiosos. Conozco el de un colchonero que posee diez o quince casas. Es rico hasta decir basta. El hijo se desgarró. Ahora es un borrachín. A veces, cuando está en curda, asoma la cabeza entre los colchones y le grita al padre, que está cardando lana:

-¡Cuando revientes, con tu plata los voy a vestir de colorado a todos los borrachos de Flores! Y las casitas, ¡las vamos a convertir en vino!

Se explican estas monstruosidades. ¡Claro! La relación entre estos pa­dres e hijos ha sido mucho más agria que entre un patrón exigente y un ope­rario necesitado. Y estos hijos están deseando que “reviente” el padre para malgastar en un año de haraganería la fortuna que él acumuló en cincuenta de trabajo odioso, implacable, tacaño.