Antes de “entrar”, primero hay que “salir”

El subdesarrollo inhabilita al país para ingresar al “primer mundo”.

Silo Bolsas

Fotografía: gentileza M.A.F.I.A.

 

Por Julio Semmoloni

Un grupo de economistas argentinos considera que una de las etapas de mayor prosperidad relativa que vivió nuestro país fue el período entre los años 1964 y 1974. Durante esa década reunió tres factores estimulantes: crecimiento de la producción y el comercio exterior, aumento constante y diversificación de la actividad industrial, suba generalizada del poder adquisitivo de los salarios. Ese período tuvo una particularidad política absolutamente atípica respecto de los otros dos ciclos de expansión que tuvo el país en los últimos 70 años.

En los períodos de 1945-1955 y 2003-2015, la Argentina estuvo gobernada por el peronismo clásico y el kirchnerismo, respectivamente. En cambio, el lapso 1964-1974 fue cubierto sucesivamente por un gobierno radical (Íllia), tres gobiernos militares golpistas (Onganía, Levingston, Lanusse) y cuatro breves gobiernos peronistas (Cámpora, Lastiri, Perón, Martínez). Pese a la impiadosa heterogeneidad política e ideológica, desde el punto de vista económico el país generó la engañosa sensación de que iba camino al desarrollo, porque por esos años obtuvo en la región un claro predominio productivo y distribuidor de riqueza.

Los países subdesarrollados son muy vulnerables a las crisis económicas globales, tal cual aconteció desde 1973 con la “crisis del petróleo”. Si bien la Argentina en 1975 llevaba once años de continua expansión económica, una vez más la “restricción externa” (escasez de divisas) sofocó la capacidad de la industria para importar insumos y bienes de capital que sostuvieran su nivel de actividad. El ministro de Economía Gelbard había fijado tipos de cambio diversos para el dólar, a fin de permitir que la industria pudiera exportar a precios competitivos. Esto produjo distorsión interna de precios relativos y tensión inflacionaria creciente, mientras que las manufacturas argentinas fueron perdiendo mercados externos.

De nuevo el país se topaba con su crónica limitante histórica: caída del superávit comercial e insolvencia de la industria para importar insumos que le permitan expandirse. A Gelbard lo sustituye en octubre de 1974 Gómez Morales y a éste, ocho meses después, Celestino Rodrigo, quien en junio de 1975 determina una devaluación del 150 por ciento que a la vez provoca una inflación anualizada de más del 700 por ciento. Aquel terrible ajuste pasó a la historia nombrado con el aumentativo de su apellido: “Rodrigazo”.

En 1972, cuando diversos sectores económicos saboreaban el prolongado “renacimiento productivo nacional”, el pensador y empresario industrial Marcelo Diamand da a conocer el diagnóstico preciso de las dificultades argentinas para dejar de ser un país potencialmente rico y convertirse en una potencia económica desarrollada. Publica el ensayo “La estructura productiva  desequilibrada de la Argentina y el tipo de cambio”. Explicaba la disparidad existente entre la productividad agrícola y la productividad industrial. Mientras la primera goza de ventajas comparativas naturales, la segunda adolece de ese privilegio y además depende de las divisas que consiguen las exportaciones del agro, en base a circunstancias no controladas (como los fenómenos meteorológicos y las cotizaciones fijadas por otros mercados) que condicionan las cantidades cosechadas y el precio internacional de los granos y oleaginosas vendidos al exterior. Por lo tanto, la industria argentina es demandante de dólares que no es capaz de generar y que le provee el agro cuando el intercambio comercial resulta favorable al país.

Diamand recomendaba un tipo de cambio diferencial para la industria (un dólar más alto), a fin de atenuar aquella desventaja comparativa. También señalaba que el camino era fijar políticas activas que protegieran la industria de su baja productividad e imperiosa demanda de divisas. Claro que no es sencillo lograr el consenso nacional que destierre la vieja antinomia entre el campo y las fábricas, cuya hegemonía cultural conservadora se expresó en 2008 (y está vigente) menospreciando dicha transformación. Cuando hace un siglo y medio -tras el afianzamiento de los términos de intercambio que produjo la Revolución Industrial-, los países más poderosos establecieron a su antojo una división internacional del trabajo, a la Argentina se le asignó el rol subdesarrollado de país agroexportador y carente de una industria pujante.

Debido a ese determinismo impuesto desde afuera, aquí no se pudo acumular el capital suficiente a través de una sostenida política proteccionista, para lanzarnos al impulso de todas las potencialidades, como sí lo hicieron los países del Norte desarrollado. Y cuando tuvimos esporádicos gobiernos que tomaron la iniciativa de lograr incipientes autonomías que nos preservaran de la influencia nociva de las grandes potencias (Rosas, Yrigoyen, Perón, Kirchner-Fernández), el acoso externo y la complicidad del boicot cipayo  local conjuntamente hicieron trizas todas esas aspiraciones. Aspiraciones por cierto insuficientes, que pecaron de voluntaristas y tampoco planificaron paso a paso el más transformador de los desafíos: el que conduce a la “sociedad de bienestar”, es decir, la superación final del embrionario Estado benefactor.

La mentalidad neoliberal sostiene (y es hoy repetitiva campaña del macrismo) que la política populista del gobierno anterior puso a la Argentina “fuera del mundo”. En su proverbial colonialismo cultural, cree que las lisonjas aprobatorias de Estados Unidos y el FMI a la actual gestión, por ejemplo, son suficientes para “entrar al mundo” de los mandantes del Norte opulento. Nada más absurdo que eso, porque las variables que miden el Índice de Desarrollo Humano de la ONU registrarán muy pronto un claro empeoramiento de la situación relativa argentina. De ahí lo que insinúa con ironía el título de esta nota: antes de “entrar” (al mundo de la sociedad de bienestar), primero hay que “salir” del subdesarrollo.