¿Sociedad de mercado o sociedad de empresa?

empleados-del-mes

Por Nicolás Lobos *

Algo huele mal en nuestra comprensión del neoliberalismo. Aquellas historias sobre la defensa del libre mercado frente al Estado, la supremacía de la economía frente a la política, el triunfo de la libertad y del libre comercio sobre la injerencia del Estado en la vida pública están, sin dudas, objetadas por varios hechos.

Recordemos que las últimas crisis -pero sobre todo la mayor crisis financiera del capitalismo global, la del 2008- no debilitaron al neoliberalismo sino más bien todo lo contrario. Paradójicamente no funcionaron como evidencias de que las cosas estén yendo mal.

Tampoco parece avergonzar a ningún CEO ni a ningún intelectual neoliberal el hecho de que los mercados desregulados no se autocorrigen, ni de que los Estados nacionales tengan que salir a rescatar –periódicamente- a los grandes bancos. Por el contrario, podemos recordar –no sin indignación- las enormes sumas que cobraron como premios los gerentes al finalizar el año 2008 y 2009, como si hubieran sido los años de sus mayores logros.

Lo cierto es que el neoliberalismo ha salido de sus crisis increíblemente fortalecido en términos políticos y es esto lo que tenemos que mirar de frente: el neoliberalismo no es un proyecto económico. El neoliberalismo realmente existente no está para nada consagrado al libre mercado ni a la lucha contra la injerencia del Estado sobre lo público, por el contrario, está dedicado al dominio de la vida pública por parte de las empresas. Más que en una sociedad de mercado vivimos en una sociedad de empresa.

Muy lejos de ver jugar a los adversarios del viejo relato -Estado, mercado y sociedad civil- el paisaje actual muestra la presencia ubicua de las corporaciones en todo el espacio público, las corporaciones gobiernan de hecho, produciendo “el sentido de la vida”, produciendo “opinión pública” y tomando –frecuentemente- el poder político (como en nuestro país últimamente).

Podemos imaginar un futuro cercano en el que en los parlamentos de los países se constituyan en el ámbito de debate entre los representantes –ya no del pueblo, ya no de las distintas fuerzas sociales, ya no de los partidos políticos- sino de las grandes corporaciones. El Congreso de EEUU hoy es en gran parte el espacio natural de poder y debate entre las grandes multinacionales. En países más pequeños directamente se compran regímenes.

La empresa hoy es el lazo social mismo, es la ética (estilo de vida) de los individuos y el modelo de toda organización social. El neoliberalismo tiene un ideal: se trata de multiplicar la empresa por todo el espacio social. Las grandes corporaciones producen la manera –la única legítima- de ser en el mundo. Pero una pequeña aclaración: no confundamos a las empresas con las fábricas o con las industrias. El neoliberalismo tiene un enemigo en las fábricas, o al menos las miran con desconfianza. Las fábricas tienen obreros, producen proletariado que se sindicaliza y que puede obstaculizar o hasta arruinar los proyectos corporativos. Las empresas o corporaciones no necesariamente producen bienes. Las empresas hacen negocios, a veces -sólo a veces- con las fábricas o las industrias. El neoliberalismo no valora a los sindicatos, valora al “empleado del mes”.

Para legitimar esta forma de vida empresarial está “la gente” o “el público” que asiente convencida. Pero el público no son las fuerzas sociales (sindicatos, partidos políticos, movimientos ideológicos, de género, de minorías étnicas o sexuales), son los millones de personas completamente aisladas entre sí pero que se reúnen –virtual y milagrosamente- en el limbo de “la opinión pública”. Todos estamos incluidos… pero sólo virtualmente. No debe quedar nadie afuera del consenso virtual, de la nueva filosofía social, pero grandes porcentajes no podrán entrar realmente y serán excluidos. En ese caso la ética neoliberal dice: “individualizarás el éxito y el fracaso, te responsabilizarás aunque no quieras y detestarás al Estado de Bienestar para convertirte en un empresario de vos mismo”. Es el mensaje que hemos escuchado en Argentina desde hace unos meses: “Vengo a ayudarlos, vengo a liberarlos del trabajo. Ahora podrán ser sus propios gerentes ¡Ahora serás el CEO de tu vida!”.

* El autor es filósofo, docente e investigador universitario.