Radicales Panglossianos

En su novela corta Cándido, o el optimismo (1759), Voltaire narra en clave satírica las vicisitudes del personaje protagonista, Cándido, luego de quedar deslumbrado con la filosofía optimista de Leibniz, sintetizada en el aforismo “todo sucede para bien en este, el mejor de los mundos posibles”. Cándido asiste en persona a una larga serie de infortunios, pero, bajo el influjo espiritual del Dr. Pangloss –obstinado tutor de ideas leibnizianas–, su optimismo persiste. Uno de esos infortunios es el terremoto de Lisboa (1755), tragedia que Pangloss acepta y justifica con impasible serenidad, sin ningún resquicio de amargura, pena o indignación en su corazón, como parte del «gran designio» de la providencia divina.

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Por Federico Mare *

En nuestra provincia hay muchos radicales panglossianos. Son inmunes a la realidad. Creen con optimismo que la Mendoza gobernada por la UCR es el mejor de los mundos posibles, y lo pregonan a los cuatro vientos. Intentan convencernos de que la alianza y colaboración de su partido con el PRO, contra todas las apariencias (políticas de ajuste fiscal y precarización laboral, tarifazos, reendeudamiento externo, acercamiento diplomático al Tío Sam, vista gorda ante la escalada inflacionaria y los despidos, ítem aula, ratificación de los actos escolares del Patrono Santiago y la Virgen del Carmen de Cuyo en el calendario 2016, etc.), no necesariamente han implicado una derechización.

Para dichos radicales, la disidencia de Stolbitzer y la escisión del GEN representan un purismo dogmático y sectario, un acto de indisciplina «ideologizado» e irresponsable. Su credo es la pospolítica y el fin de la historia, la retórica hueca del consenso democrático y la gestión eficiente «para el bien de la gente». Por eso –dicen– se aliaron con Macri. Fue un acto de grandeza… La UCR debía dejar de lado los «pequeños defectos» del PRO, las «pequeñas diferencias» con él, y coaligarse en salvaguardia de la patria. Tal es, en pocas palabras, su relato (ellos también tienen uno).

Pero la realidad provincial y nacional transita por carriles muy diferentes… El pasado martes, sin ir más lejos, Cornejo ordenó que se reprimiera una manifestación pacífica de trabajadores de ATE frente a Casa de Gobierno. Criminalizar la protesta social no parece ser una política dialoguista, y mucho menos una medida orientada a promover el bienestar del pueblo. Se trata, por el contrario, de un accionar fuertemente autoritario en su forma y abiertamente regresivo en su contenido, que se inscribe en la lógica neoliberal y antidemocrática del nuevo gobierno.

Alejandra Cairo, una trabajadora social que se desempeña en la Comisión Nacional de Pensiones del Ministerio de Desarrollo Social, debió ser internada en el Hospital Español a raíz del daño ocular, las quemaduras y la crisis nerviosa que le provocó la violenta agresión policial con gas pimienta; cuadro que se vio agravado por el asma que dicha afiliada de ATE padece, y por lesiones en la cervical. Alejandra lleva 18 años (sic) trabajando para el Estado en condiciones de precariedad. Pagó con su salud el crimen abominable de irritar a Su Majestad el Rey con un corte de media calzada y una olla popular frente a su palacio, sin más pretexto que una antojadiza «defensa de derechos». La historia de Alejandra es una más entre muchas. Cuando hablamos de ajuste y represión, hablamos, pues, de vidas concretas. Alejandra y sus compañeros reprimidos no son entelequias inventadas por la oposición «izquierdista». Son personas de carne y hueso damnificadas por el nuevo modelo.

Cabe preguntarse: ¿nuestros comprovincianos panglossianos seguirán pensando que Mendoza es el mejor de los mundos posibles después de la brutal represión en Casa de Gobierno? Llega un momento en que hay que aceptar la realidad, guste o no: si aúlla, come carne y muestra sus colmillos, lo que tenemos delante de nuestras narices es un lobo y no un cordero. Hoy más que nunca se hace evidente lo que siempre se supo: que Cambiemos es un eufemismo cínico y perverso de retrocedamos. La cruda verdad se ha impuesto. La máscara sofística del consenso se ha caído a pedazos. Al reprimir una protesta sindical con la guardia de infantería, el gobierno de Cornejo ha dejado al descubierto su vocación política rabiosamente reaccionaria.

La represión del martes 24 ha puesto en evidencia los límites de la nueva hegemonía neoliberal. Ha quedado de manifiesto que el nosotros universalista proclamado por Cambiemos tras las elecciones es una quimera discursiva, una ficción político-ideológica que responde a los intereses –nada generales– del establishment. Hay vastos sectores de la sociedad mendocina que no se sienten parte de ese nosotros fantasmagórico, aunque desde el poder se insista a porfía en que todos estamos contenidos y bien representados. La retórica de un gobierno puede ser muy grandilocuente, muy inclusiva en términos imaginarios. Pero harina de otro costal es que esa inclusión tenga una base real. Por muy bonitos y amigables que sean –o pretendan ser– los discursos del oficialismo, lo cierto es que con ellos no se pueden remediar los graves males de la hora: aumento generalizado de precios y tarifas, salarios cada vez más rezagados, aumento del desempleo y un largo etcétera.

La era kirchnerista, es cierto, nos legó muchos problemas de gran gravedad (sojización del agro, megaminería, inflación, precariedad laboral, Ley Antiterrorista, prácticas clientelísticas, contubernio con la Iglesia católica, falta de voluntad política en la aplicación de los protocolos de aborto no punible, comunidades campesinas y originarias gravemente afectadas por los desmontes y los agronegocios, etc.). Pero Cambiemos, lejos de mejorar el escenario nacional y provincial, lo ha empeorado sensiblemente. Y no necesitó doce años. Lo hizo en apenas seis meses… Desde que Macri y Cornejo gobiernan, todo es retroceso, todo es marcha atrás.

Al día de hoy, ningún químico ha comprobado que el gas pimienta contenga propiedades dialógicas y sea capaz de satisfacer las necesidades del pueblo. Los radicales panglossianos de Mendoza, sin embargo, contra toda evidencia, creen fervientemente lo contario. Y actúan en consecuencia. Para ellos, el gas pimienta es la gran panacea de una Mendoza feliz que ha dejado atrás, por fin, la mentada grieta.

* El autor es historiador y ensayista