La transformación imperiosa

El arduo camino que siempre se evitó transitar para desarrollar el país.

Macri_Conduccion

Fotografía: gentileza M.A.F.I.A.

 

Por Julio Semmoloni

Ya no basta con empezar a reconocer los errores y la falta de atrevimiento político durante el Gobierno anterior, a modo de espontánea autocrítica que lleve a prometer que la próxima vez se hará mejor. Ahora se trata de comprobar y admitir que el tenor de la dinámica expuesta durante los doce años y medio no fue suficiente para saltar al desarrollo, razón por la cual aquel inesperado impulso político progresista se fue consumiendo en situaciones tan adversas como las que irrumpieron en otras épocas fructíferas. El colonialismo cultural que nos sumerge en el subdesarrollo de acciones y pensamientos predeterminados sigue siendo una barrera muy difícil de traspasar.

No es sencillo superar la dicotomía ideológica entre “populismo” o “efecto derrame”, que propugnan de manera antagónica el progresismo reformista de centro izquierda y el neoliberalismo conservador de centro derecha. Cuesta demasiado proponer el camino de transformación hacia el desarrollo sostenido y sustentable, porque antes nunca se empezó a transitar. El cómo lo daría el ir para adelante con metas claras -pues también en esto se hace camino al andar-, pero a diferencia de lo ocurrido en 2003, requerirá una planificación que se vaya adaptando a las coyunturas circunstanciales o bien tolerando sortearlas con algún grado de improvisación. Es decir, el mix planificar-improvisar exigirá suma prudencia. Se planifica para clarificar un rumbo definido; se improvisa sobre la marcha para evitar estrellarse contra un inesperado gran obstáculo.

Si nadie en la Argentina aspira a cambiar de cuajo el sistema capitalista imperante aquí y en el mundo, no obstante reconocerse graves diferencias de matices entre países desarrollados, habrá que manejarse en lo interno con reglas que no lo desvirtúen demasiado en su peligrosa esencia.

¿Acaso se sabía cómo terminar con la impunidad reinstalada de los crímenes de lesa humanidad -tras la claudicación alfonsinista y la vil concesión menemista-, cuando el gobierno de Kirchner tomó la firme determinación de convertir en política de Estado el juzgamiento de los represores? ¿Se conocía entonces por dónde ir cuando esa misma gestión decidió desendeudar el país para sacarlo del más cuantioso default histórico, mediante una reestructuración sin precedentes y por completo temeraria? ¿Se presagiaban temibles represalias tras la decisión de Cristina Fernández de acabar con el negociado avasallante de las AFJP e instrumentar el Fondo de Garantía de Sustentabilidad para financiar políticas activas de mejoras sociales? Fueron medidas de corte populista que impulsaron transformaciones ejemplares, aunque insuficientes por sí solas para articular una política plena hacia el desarrollo cultural, económico e institucional.

Si nadie en la Argentina aspira a cambiar de cuajo el sistema capitalista imperante aquí y en el mundo, no obstante reconocerse graves diferencias de matices entre países desarrollados, habrá que manejarse en lo interno con reglas que no lo desvirtúen demasiado en su peligrosa esencia. Las opciones son variadas dentro del marco republicano y democrático, pero también lo son las limitaciones contra las que habrá que lidiar.

Pero la sensación de acercamiento al bienestar general fue engañosa porque nada de eso pudo ser sustentable como ocurre cuando se desarrolla un país

El ideal sería entusiasmar a casi todos y que ningún sector se considere perjudicado en exceso. En parte eso sería dejar atrás la extorsiva “grieta” actual. Por supuesto que será una tarea política de magnitud infrecuente y superadora de todo lo que se ha hecho. El punto de partida debería ser la construcción de un Estado fuerte, respetado por todos; que ningún sector lo sienta completamente ajeno a sus intereses, para que así pueda regular mediante el cumplimiento de leyes legitimadas por los hechos, la conveniencia de una redistribución de la riqueza que resulte lo menos inequitativa posible.

Para un país no es lo mismo recuperar lo perdido que crecer (2003-2005); no es lo mismo crecer que desarrollarse (2006-2011). Tanto en la recuperación como en el crecimiento de la economía (2003-2011) se notó aumento de la producción, incremento del comercio exterior, mayor recaudación tributaria, más empleo y menor desocupación, suba constante del poder adquisitivo de los salarios, aumento del consumo en general, bastante menos miseria social, etc. Pero la sensación de acercamiento al bienestar general fue engañosa porque nada de eso pudo ser sustentable como ocurre cuando se desarrolla un país. Por eso sobrevino el estancamiento de 2012-2015 y ahora se sufre este frenazo recesivo inherente a la discontinuidad política abrupta de fines de 2015. En pocos meses, ya se retrocedió a situaciones sociales que costó varios años mejorar. Sólo el desarrollo afianza y consolida las conquistas.

El populismo nos rescató del “infierno” de la cesación de pagos y el altísimo desempleo, hizo crecer al país más que a cualquier otro en la región y amplió derechos de todo tipo en vastas franjas poblacionales, pero no fue capaz de avanzar con eficacia sobre el trabajo informal, la pobreza estructural y las notorias desigualdades sociales. El populismo no plantea el desarrollo como transformación necesaria para salir definitivamente del atraso relativo y la excesiva dependencia externa. Por eso esta vez tampoco se propuso superar desde el comienzo la principal atadura económica del subdesarrollo argentino: su estructura productiva desequilibrada. Sobre este concepto, explicado por Marcelo Diamand en 1972, haré eje en la continuidad de esta serie de artículos que publico en ZEPA.