El hombre que bebe luz

Casciani

 

Por Marcelo Padilla

…y la luz no está, se ha ido, escondido o quién sabe, se la han robado desde hace unos meses. El hombre vive porque bebe luz, y la luz… no está. Su nutrición austera, lo que ha quedado para sostenerse en el “mero estar en el mundo”, ahora es lluvia y miseria que brota del suelo. De los árboles no mucho que esperar, hojas que caen lento para rumiar… y sí, agua, mucha agua. Pero al hombre le falta luz, de la que bebe para estar. La han expropiado, la han saqueado (¿privatizar el sol?). No alcanza con las hojas y el agua. Falta la luz. Y hoy es un vampiro que merodea día y noche parpadeando agua que brota de sus ojos. Inunda así el barrio y es acusado por toda la peregrina humanidad de sus captores… culpable: de los fríos y las tempestades. Es, dicen en la prensa, “la herencia recibida” a extirpar.

Está de temer el hombre que bebe luz. Ya no puede parar en las plazas públicas. Tiene que esconderse en la copa de los árboles nomadeando en las alturas para que no lo vean. Era, “el hombre de sol” que, al beber luz, calentaba a los barrios en los días grises, impidiendo el malestar y la incomodidad de los niños y ancianos, de mujeres trabajadoras y de hombres con esperanza. Venerado en los amaneceres, el hombre que bebe luz era “el dios de los paisa”. Mito vivo. Imagen en los posters de carnicerías, panaderías y en muchas de las casas que ya habían erigido una grutita en sus entradas. El hombre que bebe luz sigue habitando esos sitios a pesar de su nueva condición de “vampiro errante”. Peregrina su escasez, repito, por las copas de los árboles. Y ahí le apunta, avisando, la nueva policía eco cuáquera local. Sale en los avisos oficiales ofreciéndose recompensas a quienes lo encuentren vivo o muerto.

El hombre ya no bebe luz y es pálida la temporada. No brilla en la oscuridad como antes cuando se juntaban en derredor los mendigos a frotarse las manos y tocarlo. El decreto gubernamental pide su captura para cocinarlo en la plaza mayor ante el vulgo. Es acusado de “instigación al desorden, violación a la propiedad y hurto”. De “asesino y manipulador de las creencias populares”. Por eso la hoguera armada en la plaza mayor para el espectáculo morbo, esta vez sin vallas. La publicidad dice: “se busca”, y más abajo “recompensa”; y se ilustra animada una imagen del hombre que bebe luz vampirizado. Debajo, en el zócalo de la promo, van pasando los auspiciantes como hormigas. Empresas, fundaciones, entes gubernamentales, medios de comunicación y asociaciones civiles de la comunidad western del páramo. Al final de la publicidad, al hombre que bebe luz, le corren hilos de baba con sangre por la comisura de los labios en un plano secuencia que espanta.

Por debajo de las puertas también se promueve la pesquisa con folletos. Allí se lo acusa de fariseo, se lo acusa de sembrar el terror en la comunidad, y detallan hechicerías que habría realizado en los últimos años, cuando el hombre bebía luz e involucraba en la hermandad a cada barrio que visitaba.  Hoy, el malhechor, se ha convertido en un tabú para la sociedad. Y con la excusa de sus posibles apariciones han cerrado los teatros y los cines, cercado con alambres de púa las plazas de los niños, dotado de fuerzas especiales de seguridad las calles de la ciudad. Casi un estado de sitio. Dicen (los rumores del vulgo) que anda escondiéndose en las marchas de desocupados entre las antorchas de protesta. Que está protegido por sus fieles en “esas invitaciones al desorden”, tapado con una pechera y una capucha de sindicatos. Allí se estaría alimentando para resistir a la muerte, allí lo estarían cuidando para que la luz que no aparece, al menos, ilumine tanta penumbra con el fuego de los apaleados bajo la lluvia.