Nuestra propia Obelix

Nuestra Obelix
Por Ana Navia- Ilustración: Lucía Riera

Consiguió empleo en la salud gracias a que su padre trabajó de jardinero o algo así para el padre del entonces Ministro de Salud de la provincia. Éste le ofreció su ayuda y el jardinero le pidió trabajo para su querida hija. Al poco tiempo el hombre muere, y el Ministro encuentra la documentación de ella entre las cosas de su difunto padre, por lo que la contacta. Así fue como ella eligió, entre todas las dependencias ministeriales, el trabajo en el hospital zonal, cerca de su casa. Aquello ocurría hace más de 20 años ya.

Hoy su estampa se vislumbra a tres cuadras, porte de vikingo. Altísima, larga cabellera blonda suelta. Senos monumentales, torso de mascarón de proa, pero de rústico mascarón, de algún barco guerrero atestado de orcos. Aquella delantera contrasta con su casi inexistente culo, marcado con ajustadas calzas animal print. Destaca con un adorno bestialista un último accesorio: zapatones de plataforma, color turquesa  tal vez, acordonados, con una punta boca de pez, por donde escapan sus dedos apretados.

Llegó a la unidad interesada por lo mismo que en aquel momento hizo que eligiera al hospital como su lugar de trabajo: la cercanía de su casa. Por coerción o convencimiento, logró ser incorporada para organizar la oficina de recursos humanos.

Lo hizo a su estilo, para horror de sus vecinos de escritorio. Fana de la bacanal, cada mañana se convirtió en un anecdotario zarpado, acompañado de chipa y mate, con algunas interrupciones relacionadas a trámites de legajos, cuenta sueldo, asignaciones o asistencia. Supimos que le gusta chupar, y que la chupen. De ánimo infantil, caprichoso y a veces beligerante, cuando quería cerrar un tema, tiraba ¡chupala!, y todo aquello concluía.

Su presencia, querida, amistosa y jodona para unas, incómoda y desagradable para otros, terminó por perturbar y jaquear el interés de la dirección cuando ella, nuestra Óbelix, promovió el boicot a un régimen horario que no le convenía a casi nadie. Y ya sabe, donde manda capitán, no hay pirata que valga. ¿Era así el dicho?