De “ansiados anhelos” y fracaso dirigencial

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(fotomontaje: Sec. de Bienestar UNCuyo, 07-05-15)

 

Apareció hace poco la noticia de que se construirá un barrio de cemento y ladrillos en el hace décadas precario barrio Flores. Ese que está pegado al campus de la UNCuyo, en el límite noreste. Ese que todos los estudiantes licenciados, profesores, magísteres y doctores y honoris causa pueden ver a la derecha apenas cruzan la rotonda de ingreso al campus. Treinta o más de treinta años no fueron suficientes para conmover ni mover demasiado a los asistentes de la casa de altos estudios, gran parte de ellos hoy también empresarios, dirigentes políticos, jueces. Al parecer, nunca encontraron relación decisiva entre la pobreza y la universidad, entre amparo y desamparo, entre intemperie y abrigo. Y no es que ahora despertaron del sueño, desempolvaron el traje de Robin Hood y decidieron finalmente transformar una villa en un lugar mínimamente digno. Seguramente, cuando se inaugure el nuevo barrio, alguien pronunciará la frase “se cumple un gran anhelo de muchos años”. Y la dirá sin sonrojarse. Han sido más bien muchos años de fracaso dirigencial. Muchos años de mirar sin ver. Seguramente varios dirán que lo intentaron y hablarán de obstáculos, de idas y venidas… sólo que treinta años son tiempo sobrado para cualquier proyecto urbanístico. Si el nuevo barrio se construye, será gracias a la lucha y a los infinitos reclamos de sus habitantes, y porque si no se construye, se cae, se derrite con las lluvias, se transforma en un problema mayor e inocultable. Así son, lamentablemente, la mayoría de nuestros cínicos y solipsistas empresarios, nuestros hipócritas y pusilánimes políticos y nuestros cómodos y absortos universitarios. Seres –como suele decir la poeta y militante ambientalista Eugenia Segura cuando califica a los que atentan contra nuestra tierra– negados para la empatía. Tal vez con lo único que sienten verdadera empatía es con su trayectoria, con sus familias, con el dinero. Por eso será inevitable que anuncien como un triunfo este sistemático fracaso. Hasta el próximo barrio que esté por derretirse –en Mendoza hay muchísimos– y los dirigentes vuelvan a jactarse de hacer posible algo que debió hacerse hace mucho. Eso sí, los beneficiarios sin duda agradecerán, conmovidos, el invalorable aporte para concretar tan ansiado anhelo.