Crónica del ciclo del amor y la penuria

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Por Marcelo Padilla – Ilustración: Andrés Casciani

Pasa una fanfarria de estudiantes secundarios por la puerta de mi casa a las nueve de la mañana en pleno mayo lluvioso y gris resbalando pibes y pibes en el suelo pringoso de las veredas dorreguinas. Rompen el silencio. Llevan bombos y redos, cornetas y mucha vitalidad. Leche. Sangre. Gritan, cantan. Ríen. No les importa el frío ni la persistente garúa que se ha instalado por días en este desierto insípido. Pasa una fanfarria de estudiantes y es un instante, un miligramo de tiempo que se lleva el viento suave que corre sin notarse a no ser que pongamos fija la mirada en las hojas de los árboles de la cuadra. Se mueven: las hojas y los pibes. Se mueve la tierra según dice Copérnico en la hoguera. A Copérnico no lo salvan en su tiempo, a Copérnico lo sacrifican (no me vengan con el cuento). Pero hoy es un síntoma. Copérnico es el síntoma tardío siglos después de su sacrificial despedida. Esos pibes son los que han puesto al barrio a escuchar el síntoma heliocéntrico, su herida. La herida de la juventud que sangra leche tibia, blandiendo tambores en un barrio.

No sé qué festejan pero algo festejan. Para mí festejan su existencia efímera, festejan el instante, el miligramo de tiempo que los hace girar. Que en ellos será inconsciente hoy, y, para los más viejos, una letanía desterrada en el espejo del baño. Niebla en la ciudad. No se ve a más de 300 metros según indica el pronosticador de la radio, pero en realidad no se ve a más de un metro. Así pasamos estos meses. “¡Dale culiado!”, le grita una piba al grupo, exigiendo más ritmo al que toca el tambor. Tienen furia etaria y son inofensivos asesinos seriales babeando su edad por las veredas. Son muchos. Quieren terminar todo ya, la escuela y la vida, gastarla, entera. Después será la serie completa: “antes del amanecer/antes del atardecer/antes de medianoche”. La trilogía de Richard Linklater. Hace un tiempo decidí no ver la última, “antes de medianoche”, porque sabía, me habían comentado, suscribía el final del ciclo del amor. El ciclo al menos del amor y el romanticismo de una pareja que nació en condiciones incómodas y que por eso mismo se hizo fuerte. Sin embargo, cuando se aburguesa el anhelo, cae. Muere. No se recicla con los hijos, el amor termina con los hijos porque pasan a ser los hijos los objetos de deseo y del amor. La vi, finalmente, hace un par de noches tirado en la cama, en la computadora, solo, con un sifón de soda y un paquete de puchos. Veamos.

Pasa una fanfarria de pibes y pibes enamorados de sus vidas por un rato. Esa interrupción en el barrio es una obturación del confort del silencio. Ha pasado esa manada briosa por la puerta de mi casa y yo, en la casa caliente por dos estufas eléctricas escuchando “Penuria” de los Peligrosos Gorriones a las nueve de la mañana. El corte del nuevo disco “Microbio”, de la banda que lidera el poeta Francisco Bochatón, para mí el poeta del rock de los últimos 15 años. “Penuria”,  dice esto:

“Es un complejo juego/el del deseo en la penuria/el dolor se hace visible en nuestras manos/lastimadas de perder/mordiendo el asco/en continua vida/mantener en pie/el cuerpo que se tuerce/montado a tu cuello/rejuvenece un dios/que impregna los senos/de la vieja sangre/con sensación de peso sobre los hombros, sobre la casa/regresar se hace imposible/habiendo huido tan asustado/dame el cielo de tu piel/mi sol oscuro te dará su brillo/el que va aparecer/sobre el vino que se vuelca/desnuda en la cama/nada te puede herir/tus ojos se abren/pero ya es muy tarde/para ver”.

Punto. Ustedes vean qué hacen.

Me gusta la oscuridad. Tengo la casa cerrada y las persianas americanas no dejan que se cuele un pedacito de luz. Lo que me alumbra es la pecera y así escribo en la penumbra. Con el remís trucho que habitúo ya hice el recorrido para dejar a todos mis hijos en sus colegios. Como es trucho lo pedí a las 6:56 horas y llegó a las 7:48 horas a mi casa. Puteo, pero me la banco porque me cobran barato por un laberinto que debo explorar en la ciudad para que los niños estén en sus guaridas escolares. No tengo auto y voy con esa. Estoy de paro en la universidad porque nos ofrecieron mierda. El remisero gana unos 500 mangos por día por doce horas corridas de laburo. Está molido. A Copérnico lo han sacado de la hoguera hecho cenizas y el viento se lo lleva suave sin notarlo, a no ser que fijemos la mirada en las hojas de los árboles. Los pibes y las pibas de la fanfarria se fueron. Antes del amanecer, antes del atardecer, antes de la medianoche.