La sana alegría

Una reflexión sobre la diversión sin erotismo y la hipocresía.

young couple making heart with hands

Por Félix Riña

Esta es una reflexión acerca de la cual deben haber pensado, hablado y escrito miles. Aunque se nos ocurre que no está de más repetirla, dado que seguirá incorporada al sentido común por varios siglos aún. Al menos en el de los cuyanos. Se trata de la empecinada tendencia a la “sana alegría” o “sana diversión”. Con sana queremos decir sin erotismo.

Dicen en nuestras familias con ancestros árabes –que son muchos – que lo que algunos historiadores llaman choque de culturas entre moros y cristianos, allá por los tiempos del último rey moro (el Desventuradillo), cuando los reyes católicos mandaron a ejecutar aquel genocidio de moros y judíos, una de las principales diferencias era la relación con el cuerpo. Los tenues tejidos con que los moros cubrían su cuerpo, el baño diario, la prohibición de sentarse a comer sin lavarse las manos, la danza, la música sensual, las relaciones equívocas, el humor picante, las comidas afrodisíacas, el hachís, las fiestas, eran todas costumbres heréticas para los cristianos tapados hasta la cabeza con pesados paños pardos, de baño semanal –en el más higiénico de los casos– y a escondidas.

Lo relacionado con el cuerpo era, al menos, sospechoso para los que ganaron. Y ya sabemos quienes ganaron, invadieron –otro genocidio– nuestras tierras. El carnaval fue pagano y malamente aceptado, las fiestas eran familiares, que quiere decir sin sexo.

Fragmento de "La expulsión de los moriscos", del pintor Gabriel Puig Roda, (España, 1894).

Fragmento de «La expulsión de los moriscos», del pintor Gabriel Puig Roda, (España, 1894).

Y, sin que esto sea producto de una investigación científica ni una aseveración taxativa, observamos que hay un paralelismo entre ese rechazo al erotismo, esa aversión al cuerpo, y la sumisión al poder. Parece una fija: los que murmuran capciosamente cuando pasa una cuarentona de minifalda, sostienen con entusiasmo las supuestas superioridades de los blancos, preferentemente yanquis o europeos. Todo el que logra éxito y poder tiene asegurada la sumisión de los asexuados. Es una generalidad, es cierto, pero el pecado de generalizar resulta menor que el del racismo y la obsecuencia.

Un salto más. Forcemos el razonamiento, si fuera tal: los traidores a la Patria, aquellos que admiran al imperio, quienes desdeñan la libertad por insegura, los que dan más valor al sueldo que a su dignidad, los reclamadores de mano dura, los que dan por perdida toda batalla liberadora frente a los enemigos de la Patria, los que festejan alborozados cada vez que pagan a los usureros extranjeros, no mencionan –y lo hacen como malos e hipócritas comediantes– más que la sana alegría, nunca la libertad y la felicidad de los pueblos.

Fiesta electrónica

Pero la naturaleza siempre busca sus cauces. Y los humanos, cada vez que pueden, se entregan a los naturales placeres del cuerpo. Ante tanta hipocresía, los que tiene dinero, mucho, se sienten tentados a las bacanales electrónicas, con estimulantes sintéticos –drogas ilegales y muy nocivas– que violando su propio discurso anti todo, brindan los siempre atentos servicios a los buenos negocios protegidos por el poder. Sana alegría, pero negocios son negocios. Aunque cuesten vidas.