El honor de los perdedores

Fabián Castellani continúa dirigiendo al elenco Crisálidas en La edad de la ciruela, con próximas presentaciones en el Teatro Cajamarca, los días 13 y 22 de mayo. A la vez, afila la arista política del teatro para salir a responderle a la avanzada de la derecha.

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Por Mario Maure y Sebastian Landi

El Tutuca nos recibe con vino y su amabilidad legendaria en su casa de San José. Está contento. Viene de ensayar el material a grabar con Desastrónomos– la banda de la cual es bajista- y han sonado ajustados. A su faceta musical, que abandonó temporalmente en los 90´ para dedicarse al teatro, la ha recuperado e integrado en la producción sonora original para algunas de sus obras.

Así es este artista: hace síntesis con todo lo que ve, oye, lee y vive. Del teatro conoce todos los vericuetos: es director y actor, pero también escenógrafo, iluminador y productor general. La producción teórica tampoco le es ajena: en Argonautas, el centro de investigación y experimentación teatral del cual fue cofundador y junto a La Rueda de los deseos, promovió hasta el 2011 el acercamiento del teatro a la comunidad mediante talleres, espectáculos, bibliotecas y videotecas. Y por otra parte, es docente en la Escuela de Teatro de la U.N.Cuyo, en las cátedras que alguna vez ocupó uno de sus entrañables maestros, el Flaco Suárez. Algunos actores que lo conocen creen que no duerme.

Cuando le preguntamos qué es lo que considera más significativo de todo esto que le enumeramos nos responde “creo que lo que más me ha marcado de esa trayectoria son los viajes. Los que hice para aprender, sobre todo en Europa, pero también los que hicimos con distintos grupos llevando el teatro por muchos pueblos de Latinoamérica”. De ahí en más la charla recurrió siempre a su concepción de ese arte milenario y a las formas de recepción en una época de pantallas omnipresentes.

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-Viajar significó algo más que ampliar la posibilidad de presentar una obra porque Mendoza tiene poco público y poco interesado en ver eso que es el teatro y que no es tv ni cine. El teatro es para mí una aventura que implica tanto al actor como al espectador en una serie de decisiones- desde las más cotidianas a las más complejas-  que exigen salir de la comodidad.

El teatro es difícil de llevar al mercado. En el confort de tu casa no vivís el teatro, no convivís con el actor…no lo ves transpirar, equivocarse o brillar. Produce una relación muy cercana y humana. Hay teatro en cualquier lugar donde se pueda aceptar la convención de que ahí hay una representación y dejarse ir.

-¿El teatro hoy es elitista?

-Yo comparto lo que decía  Grotowski. Para mí hoy es elitista pero no clasista. A mí no me interesa el espectador que pretende ver lo que ve en televisión. Prefiero que se quede en su casa. En nuestras condiciones actuales no va a estar cómodo como en la butaca de un shopping. Nosotros hemos representado obras en barrios y pueblos muy pobres y la gente lo ha recibido bien porque estuvo dispuesta a vivir ese instante de comunión. Y por eso, también, defiendo la especificidad del texto. He trabajado en Perú textos de Draghi Lucero plagados de cuyanismos y no los he “traducido”, ni “neutralizado” porque quiero que ese espectador sepa cómo se habla acá. Algo de la intencionalidad va a comprender.

-Esto tiene relación con las aristas políticas del teatro. ¿En qué consiste tu actual proyecto de “teatro político”?

– Todo el teatro es político como todo lo que hacemos lo es. Entiendo a este tipo de  teatro al que  trabaja sobre temas específicos estrictamente políticos,  donde haya posiciones muy encontradas. De temas que no le pasan por el costado a la gente. Busco una manera artística de hacerlo y con la idea de salirle al encuentro al público en cualquier lugar para decirle lo que le queremos decir.

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Alguna vez Fabián escribió  “La dictadura del mercado o del consumo, como prefieran llamarla, nos obliga a creer que lo no masivo no tiene valor. El valor de las cosas se mide por su capacidad de venderse o de consumirse y de distribuirse, incluso de universalizarse para tener mayores mercados. El teatro es un arte efímero que se niega a ser apreciado en forma industrial; tiene que ser en vivo.” El texto hablaba- en definitiva- de una batalla perdida, pero contada en todo caso “desde el honor de los perdedores”. Eso que Milton llamaba el ánimo invencible, el odio inmortal y el coraje que jamás se somete.