El hedor y el orden

Andrés Casciani - 3 may 2016

Por Marcelo Padilla – Ilustración: Andrés Casciani

El orden se hiende lenta e irremediablemente. El sol cae de un balazo de arcabuz sobre la tarde y los tenderos bajan cansinos sus rejuelas. Queda poca gente en la plaza. El hedor es el saldo de la jornada. Algunos perros hambrientos hurguetean los restos de pescado de los puestos y se muerden entre sí en una lucha sanguinaria. Se comen los restos, al fin, y entre ellos dibujan una manada insaciable a cielo abierto. Es la imagen de un mundo que implosiona en cámara lenta, la caída de un orden social que sí tiene desperdicios: la aristocracia triste que se despide.

El Señor mayor de la casa espera a su mujer en el sillón toscano tomando absenta de Praga. El señor mayor tiene 63 años y su mujer es una bella empleada de 23 que ha adquirido su amor en el tiempo a costa de favores a su humilde familia que reside en la campiña. El Señor mayor se llama Arnold y la bella empleada Sofía. Arnold es un hombre gastado, frío y calculador. Mide cada movimiento y sentimiento. Seguro de sí mismo y triste. Ha dilapidado la fortuna de sus antepasados y vive de lo poco que le queda. Conserva el ropaje, la mueblería, la casa y unos siervos que se ocupan de los quehaceres domésticos. Su casa es amplísima y sobran los cuartos y los baños en un vacío oceánico.

El parque, el lago con sus gansos y los fantasmas de sus hijos desterrados y de su mujer muerta, hacen del atardecer un estado del alma. Arnold es un alquimista metafísico. Un inventor de cosas inservibles y de ideas fútiles. Su hora ha concluido en el mundo. Su tiempo es el tiempo de los conjurados.

Por la noche, a la hora de la cena, se ubica en la punta de la mesa solo y Sofía lo atiende. Primero la sopa, luego el plato de cerdo y finalmente el postre hecho por Sofía. De su colección de vinos siempre elige por las noches los más densos. Sofía levanta la mesa y lleva la vajilla a la cocina donde sus siervos lavarán con ahínco. Luego el coñac en el sillón, la lectura de algunas poesías y el hábito del amor.

Sofía ha aprendido a amar a Arnold con el tiempo. “El amor se da con el tiempo y el hábito” -dice Arnold, en sus monólogos ebrios oteando el parque por la ventana. Siempre habla solo mirando la ventana sin verla, como si le hablara a alguien que está presente, a un fantasma terapeuta.

Sofía se transformó en una experta para satisfacer sexualmente a su viejo amante. Adquirió todas las técnicas y los placeres reunidos a la medida de los deseos y fantasías de Arnold. Sofía ordena la casa y acompaña a Arnold a la habitación. Lo sienta en la cama y le saca los zapatos cuidadosamente. Lo desropa y empieza con sus masajes habituales en los pies con ungüento. Así todas las noches. Arnold se relaja e inicia sus pedidos. Primero por acariciarle los senos que luego lame. Sofía entra en sintonía, gimotea y toca abajo a Arnold. Así, de a poco y con suaves movimientos el hábito del amor encuentra su contención. Sofía se da, se entrega. Arnold le dispensa toda su bravura arcabucera. “Le amo Sofía” le dice por única vez. Ella aprueba con una mueca y ordena la cama para que Arnold descanse. Sofía se retira de la habitación y apaga las velas. El viejo aristócrata ya duerme. Sofía se acuesta en su pieza y también duerme. Así, el día.

La mañana no ha despertado a Arnold. Su última noche de paz y amor con Sofía ha sido una despedida de este mundo. El viejo aristócrata arcabucero de prosapia ha dormido para siempre. Sofía lo llora al pie de la cama. Los empleados parados como guardianes están en la puerta de la habitación. La imagen es una pintura aciaga. La aristocracia ha perdido a uno de sus últimos representantes en medio de la hecatombe social y económica. Afuera el bullicio de los tenderos vendiendo pescados y frutas como si nada. Una película ha terminado de rodarse en vivo para dar paso al empoderamiento de la manada de perros que acechan la basura.