La nueva filosofía del trabajo

Casciani - 26 abr 2016

Por Marcelo Padilla – Ilustración: Andrés Casciani

“Yo tengo un certificado donde dice que no estoy alienado” –dijo, y pegó media vuelta. En seco cortó la discusión… y se fue. No me acuerdo bien el nombre del tipo, Javier o Germán, no sé. Lo cierto es que después de 40 minutos de hablar de distintos temas con dos personas más que siempre se juntan en esa esquina, mi afirmación sobre la alienación de la sociedad le incomodó y se molestó.

En la esquina de Berutti y Remedios de Escalada, hace tiempo se junta gente a discutir de política, cultura y filosofía. Ese espacio de pensamiento no fue armado por nadie, se dio más bien naturalmente a partir de dos amigos que paraban ahí, a fumar y charlar. El tema es que yo paso por ahí y uno de los hombres me reconoce e invita a sumarme. Era un viejo vecino de otro barrio con el cual dialogábamos, en la vereda del almacén, sobre la vida en general.

-“No me diga usted que esta civilización no está en sus últimas palabras, que se agota”- soltó el otro, mirándome a los ojos,  esperando que emitiera un juicio de valor sobre su diagnóstico sociológico. Como no contesté, sorprendido por el sopetón de frase, opté por mirar a mi conocido y dejarle con el vistazo su participación. Javier o Germán- reitero, no recuerdo bien su nombre, ahí nomás tomó la posta y aseveró: “es que es inevitable, todo se desmorona moralmente, y, si los valores sociales se pierden, eso hace tambalear y al final implotar al sistema en todas sus dimensiones, es así nomás”.

Los dejé charlar un rato entre ellos, escuchando con atención y sin meterme. Para empezar a relacionarme tiré un comentario: “igual, eso, no lo vamos a ver nosotros”. “¿Cómo qué no?” -dijo mi conocido, “¿si se ve en las calles?”…. “Miren, ahí va una carretela con un caballo destrozado y dos pibes sucios, y atrás sin poder pasar una camioneta lujosa de alta gama”. El tipo de la camioneta tenía cara de culo, imagino, por su apuro; y los pibes iban como si nada, tomándose una revancha social en el uso del tiempo.

“¡No me digan!…lo estamos viendo amigos, no seamos ciegos” –afirmó, dándole una pitada profunda al pucho que descansaba entre la comisura de sus labios.

La sentencia de mi conocido, con el ejemplo, me dejó inmutable. Tomó un dato de la realidad social, desigual por cierto, y lo analizó a la perfección, mostrando sus contrastes, con elocuencia. ¡Qué bárbaro, cómo algunos lo pueden ver todo! – pensé, sin decir nada por vergüenza.

La tarde moría hacia el oeste y las montañas tomaban ese verde opaco y sombrío que fotografía todo celaje. El tránsito colmaba las calles y los bocinazos eran constantes. Iban todos apurados, alienados en el circuito eterno del día a día. El ciclo, se cerraba lentamente.

-“Y sí” –dije, “¿miren los autos cómo van? desesperados, y la gente alienada, todos en definitiva estamos alienados”.

-“¡De ninguna manera señor!”, interrumpió mi conocido, “hay quienes no estamos alienados y podemos pensar más allá de la cotidianeidad, además eso se documenta, por ejemplo, yo tengo un certificado donde dice que no estoy alienado”- y se retiró molesto por la calle Berutti hacia el norte.

No entendí la reacción de mi conocido y nos quedamos solos con su amigo mirándonos, con el sol casi entre las manos. “¿Cómo es eso de que se certifica la (no alienación)?”, le pregunté luego de la pausa. “Y sí señor, es que usted no sabe porque es nuevo esto. Hay una oficina en la Casa de Gobierno donde usted va y hace una fila, y cuando le toca lo pasan a un box con una psicóloga que le hace una serie de preguntas. Luego lo llaman por el apellido y le entregan un certificado de alienación o de no alienación. Hace unos días que está eso” -contestó firme.

-¡Pero cómo! ¿Para qué sirve eso? ¡Qué ridículo!

-“Es simple, las nuevas formas laborales han cambiado señor. Ahora para conseguir un trabajo en una fábrica u oficina hay que presentar un certificado que dé constancia de que usted está alienado al sistema. Ese certificado reemplaza al de buena conducta de antes. Lo que necesitan es la constancia de que usted no es un tipo que va a ir al laburo a pensar sobre las condiciones del laburo. Con ese test, ellos se aseguran evitar problemas sindicales”.

-Entonces… ¿qué hacen los que son certificados como no alienados, no consiguen trabajo acaso? No lo puedo entender…

-Sí, pueden conseguir trabajo, pero como cuentapropistas. Es como una forma de alienación semiexclusiva, para que usted, si se pone un kiosco o una verdulería, viva la realidad desde la ambición de crecer como comerciante, le exigen dos empleados mínimo y de ahí lo monitorean. Usted tiene que entender que la relación laboral es jerárquica y los empleados que tenga deben haber obtenido el certificado de alienación, ¿Se entiende?

Mi conocido, el que se molestó con mi comentario es taxista por las noches y  dueño del coche. Tiene a dos empleados “alienados” (certificados) que le hacen turnos compartidos. Para los “no alienados” es como un insulto que le digan “alienado”. No sé si me explico. Los alienados no pueden ni siquiera juntarse. De la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Eso me contaba este hombre que sabía los detalles a la perfección del nuevo sistema. Se me ocurrió increparlo:

-¿Y usted?… perdone que le pregunte, ¿a qué se dedica?

-¿Yo? no quise adherirme al sistema, soy ladrón.