El futuro y la Fe

La construcción de relatos asociados a los procesos políticos no es algo que, ciertamente, se le pueda adjudicar al gobierno de Cambiemos. Los mitos fundacionales fueron una constante de la vida política mundial que atravesó a diferentes tipos de regímenes políticos. Presentamos a continuación un análisis acerca del relato macrista, su acceso al poder y lo que vendrá.

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Por Esteban Zunino*

La construcción de relatos asociados a los procesos políticos no es algo que, ciertamente, se le pueda adjudicar al gobierno de Cambiemos. Los mitos fundacionales basados en imaginarios y/o líderes carismáticos (aunque este no sea el caso) fueron una constante de la vida política mundial que atravesó a regímenes democráticos y autoritarios, coloniales, poscoloniales, eclesiásticos, conservadores, revolucionarios y populistas.

Sin embargo, lo que llama la atención de los modernos procesos restauradores de América Latina no es el relato en sí como herramienta de construcción hegemónica, sino sus características. Sustentada en bases filosóficas posmodernas, asociadas al bienestar individual y a una concepción de individuo aislado de cualquier malla social, la impronta del esfuerzo individual como escalera al ¿éxito? y la ¿felicidad? se impone.

Cambiemos: producto de marketing político

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El  “cambio”, como significante vacío, resultó fundante de la llegada al gobierno de Mauricio Macri. El líder del mundo Pro –y sus publicistas– tuvieron la virtud de desplegar detrás de ese concepto una amplia cadena de demandas que se multiplicaban ante un régimen político que era víctima de su propio desgaste.

A la vez que la situación internacional generaba condiciones poco propicias para el desarrollo nacional, situación que en un país dependiente de la producción de materias primas influye negativamente sobre el nivel de vida, las expectativas de amplias capas populares y medias, los límites de la versión nacional del “capitalismo amable” que encarnó el kirchnerismo hicieron lo suyo para dejar expuestas tanto las bondades como los obstáculos inherentes al modelo de estado nacional y popular argentino.

A ello se sumaron la irritabilidad que generó un discurso presidencial que exponía la imposibilidad de sutura de una sociedad constituida por clases articuladas económica y simbólicamente en torno a intereses contrapuestos. Es que la exposición cruda del conflicto social, aún dentro de los límites que cada etapa histórica permite, siempre resulta angustiante. Sazonado con la exposición mediática de desatinos de los que el kirchnerismo debería puertas adentro hacerse cargo, medios y humor social fueron generando un caldo de cultivo en el que el cambio hacia ningún lado fue presentado como preferible a cualquier tipo de continuidad.

Sustentado por una gran usina de imágenes y marketing, que incluye un descomunal manejo planificado de la comunicación en medios tradicionales y redes sociales, con sondeos de opinión y grupos focales, el gobierno de Mauricio intenta desplegar, en la gestión, una lógica y estética similar a la de la campaña. Aunque los obstáculos, claro está, son mayores cuando la mera imagen debe ser articulada con la responsabilidad sobre el presente.

En ese sendero se inscriben las declaraciones presidenciales de la última semana. “Empezamos a ver la reducción y el fin sustancial del problema de la inflación. En el segundo semestre, la inflación va a bajar en forma drástica”. “Soy muy optimista, vamos por el camino correcto, empezamos a generar trabajo”, dijo Macri, invocando a la Fe.

Ambas sentencias apuntan directo al corazón de las preocupaciones destacadas por los argentinos: la inflación y el desempleo, lo que evidencia que la crisis actual puso en segundo plano a otras problemáticas más estables como la “inseguridad”, la salud y la educación. Frente a esto, la salida propuesta por el Presidente constituye, como en la campaña, la reposición de una estrategia discursiva que solo apunta a interpelar a las creencias.

Si de chequear se trata, las dos afirmaciones citadas son desmentidas por todos los indicadores públicos y privados que, contrariamente, indican que como producto de las subas de tarifas y transportes y su impacto en todos los bienes de la canasta básica, abril acumula un crecimiento de precios que promedia el 7% y recolecta más de 20 puntos en cuatro meses. En tanto, los sindicatos denuncian más de 100.000 despidos entre estatales y privados como producto de las medidas del nuevo gobierno. Sin embargo, y sin mediación de ninguna medida económica tendiente a enderezar el rumbo, el Presidente nos vuelve a invitar a creer.

En el mejor de los casos, la retracción de los índices de inflación pudieran darle la razón, y, probablemente, un descenso en el nivel de aumento de precios será exhibido como un logro de gestión. Sin embargo, de darse ese escenario luego del punto de inflexión del mes de julio, será mucho más una consecuencia de la deliberada destrucción del empleo y de la generación de un descomunal ejército de reserva que presionará salarios y precios a la baja.

La generación de trabajo genuino parece aún más complicada. Es que las medidas concretas tomadas por los gestores del cambio apuntaron a flexibilizar el ingreso de capitales improductivos, levantando los encajes bancarios con el fin de generar las condiciones ideales para que divisas extranjeras pasen por el país aprovechando las altas tasas de interés y se retiren en poco tiempo, con exorbitantes ganancias producidas en la timba financiera sin abrir ni una planta, ni fabricar un tornillo.

En tanto, el único sector productivo beneficiado por las medidas de Cambiemos fue el complejo agroexportador. Este actor económico central, como producto de las transformaciones socio-productivas que se dieron a su interior durante los últimos 40 años, basadas en la gestión y explotación de economías de escala a través de métodos de arriendo y tercerización de la producción en pooles de siembra y fondos de inversión, destruyó cuatro de cada cinco empleos rurales, llegando en la actualidad a requerir un trabajador cada 500 hectáreas, cuando la pequeña producción generaba 35 puestos de trabajo cada 100. Además, exhibe los mayores índices de informalidad del mercado de laboral.

Cuestión de fe

puente cambiemos

Frente a ese oscuro panorama que, analizado materialmente, no presenta demasiados motivos para el optimismo, la Fe vuelve a ubicarse en el escenario central de la construcción política macrista. Así como cuando frente al más desalentador parte médico o una inesperada tragedia natural lo único que queda es rezar, el Presidente nos invita a transitar cada una de las estaciones del viacrucis con convicción, ya que la resurrección es inexorable. Aunque el séptimo día se estire hasta fin de año. “Estamos recorriendo una etapa dura”, dijo, aunque advirtió que el esfuerzo vale la pena, porque “En el segundo semestre vamos a empezar a crecer”, ¿Será cuestión de creer?

La Fe y la construcción de mitos fundantes, como se dijo, no resultan novedosas en la arena política. No existieron proyectos con pretensiones hegemónicas que no hayan apelado a ellas. Sin embargo, el material de análisis que se presenta como preocupante es el empobrecimiento político de las consignas que logran acaparar voluntades y esperanzas.

La Fe en el desatino del cambio vacío no parece comparable al “resurgir democrático” de Alfonsín, ni a la a menudo contradictoria “recuperación de derechos” del kirchnerismo. Ni siquiera a la “revolución productiva” y el “salariazo” del caudillo de La Rioja. El acelerado proceso de despolitización, que es base de sustentación de las intentonas restauradoras de América Latina, logró lo que incluso parecía imposible: desarticular por completo las creencias de la base económica de las medidas concretas que se tomen para llegar al paraíso.

Vivimos en una época en la que la única revolución que logró estándares de verosimilitud fue la de la alegría. Y ése es un problema que nos involucra como cuerpo social. Si de Fe se trata, la alegría y la felicidad son conceptos tan inasibles y amplios como seres humanos hay en el mundo. Será por eso que el nuevo modelo nos pretende solos, aislados, luchando por la felicidad individual con la certera convicción de que el esfuerzo vale la pena y será recompensado. De que, a pesar del rumbo y los obstáculos, el futuro será nuestro.

Y allí, cuando la realidad nos haga dudar, incluso a fuerza de golpes, solo la Fe podrá salvarnos. Solos, aislados, y en silencio. Afuera de la historia. Pero con la convicción de que, por alguna extraña razón que escapa a la conciencia, mañana será mejor.

 

*El autor es comunicólogo, Doctor en Ciencias Sociales y Humanas, docente e investigador universitario.