Nuestra Moria

12596003_1037631426311992_82972990_n

Por Ana Navia- Ilustración: Camila Ojeda

Es licenciada, licencia en enfermería. Lo cual es toda una categoría y escalafón aparte. Acá en la práctica es lo mismo, hacen lo mismo, pero más complicado. Ella ya pasó los cincuenta. Pelo aleonado, aciruelado. Una pancita del tamaño de una pelota de básquet, dura y firme. Le gusta usar tacos que resuenan desde lejos. Camina a los saltitos, mirado lado a lado, subiéndose más y más el pantalón del blanco ambo, bien podría sonar Miss Bolivia con su pegadísimo “Jálame la tanga”.

También acostumbra ir de acá para allá con un pequeño neceser, o cartucherita, hemos notado cómo se ha ido agrandando este equipaje interno, que por misteriosos motivos, no abandona.

Desaparece para comer su yogurcito, que desaparece, uno tras otro, día tras día, en lo indisoluble de su faz.

Le gusta decir chillona y aparatosamente mi amor. Si se publicara el libro de quejas, ella sería su protagonista. Es por su tendencia a expulsar a la gente, a maltratarla mientras escupe su amor. Sabe que lo suyo es sobrevivir. Le gusta sobar su cuerpazo en el de los médicos jóvenes. Se ríe de su impunidad, de su exceso.

Es un personaje que te puede salvar la vida, o al menos te escoltará escuchando Cacho Castaña o Rata Blanca mientras padecés por un choque, ahí, en la cama tres. Será la banda de sonido de tu dolor, será la silueta de tu pinchazo de vida.