Al ras de la tierra

Andrés Casciani - 19 abr 2016

Por Marcelo Padilla – Ilustración: Andrés Casciani

Es la siesta… desmayo mi cuerpo sobre la cama fría, en cueros. Como de costumbre uso dos almohadas: una para abrazar boca abajo y otra para taparme la espalda desnuda. Así entro en la dimensión del sueño: suave, lento. Un hábito. Empieza la película de fragmentos: que viene un auto en una carretera perdida hacia mí, que estoy en la galería de un bar de madera, en el Oeste, tomando whisky bajo el sol. De golpe, una lagartija rompe la postal cruzando al ras de la tierra a mil kilómetros por hora. Ya se sabe, vivir en la siesta es vivir en una película de bandidos. Vivir en la siesta bajo el sueño es protagonizar la paranoia del refugiado; al que buscan, y nunca atrapan.

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Acomodo en la mesa de luz la naranja y la servilleta, de rutina. Tengo, además: el paquete de puchos, el encendedor y el cenicero; los lentes para ver de lejos, seis o siete libros marcados, una boleta de gas para pagar y una botellita de medio con agua tibia. Es noche perra de domingo, y, la soledad, me sienta bien por un buen rato. Espero las doce, aciagas horas (como bisagra para seguir muriendo) entre lecturas y puchos. Luego me como la naranja, en vida. El teléfono no suena ni por error. La tele no va hacia ninguna parte y prefiero la oscuridad con radio prendida. Tengo sueño y, por maquinar, me desvelo. La almohada para abrazar tapa el teléfono con el dial en un programa de tangos reos, y la almohada para taparme la espalda tapa mi espalda, como en la siesta. Dormito… y sueño que estoy muriendo en la siesta mientras afuera los bandidos se sacan chorros de sangre de sus pechos en la puerta de mi casa.

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Son las siete de la mañana y el despertador zumba en la habitación saltando sobre la mesa de luz (al ras) como aquella largartija en una sartén con aceite hirviendo. No lo registro del todo porque desde las cinco de la madrugada estuve mirando el techo en plena negritud. Con los sueños no hice más que confirmar que tendré un día furioso. No uso armas pero salgo pertrechado con mi animalidad anti-civilizatoria. Hay gente que me dice “buen día”, y no la miro, la esquivo. “Son los bandidos, me dije”, (ellos suelen saludar en las mañanas y dispararte por las noches). Además, los que me saludan usan sombreros de vaqueros. No era paranoia. Vi a varios caballos atados al palenque del supermercado cuando encaraba a la puerta del psiquiatra, pasado del turno.

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“Buen día, lo estaba esperando”, -me lanzó el médico, bajando con sus dedos la punta de su sombrero texano.