Ajustes que matan

El «clima» de ajuste afecta la salud de los trabajadores. En algunos casos, la precarización laboral, las medidas arbitrarias y los despidos terminan con la vida de quienes no soportan la angustia que provoca el maltrato.

Duelo

Suspensión de clases en una escuela de Buenos Aires por el fallecimiento de una auxiliar.

En una entrevista con ZEPA, la psicóloga Sara Gutierrez Zahzú explicó cómo impactan los despidos y el “clima” del ajuste en la salud mental de trabajadoras y trabajadores. “El trabajo posibilita la circulación subjetiva en lo social, los sueños de crecimiento personal, familiar, los proyectos materiales. Permite tener a principio de mes un sueldo, con el que se hace maravillas para que alcance, y cuando se alcanza es para celebrar, pero hasta esas maravillas, en los tiempos que se viven, están en peligro”, nos decía la profesional.

Es imposible mensurar el malestar, la angustia o el sufrimiento de miles de empleados, provocado por esta situación. Algunas sensaciones se conocen en el ámbito familiar, entre los amigos y hasta en posteos de desconocidos en las redes sociales. Sólo situaciones puntuales se publican en pocos medios de comunicación, la mayoría permanecen en el anonimato.

Fortalezas obligadas y debilidades fatales

Despedidos en el Ministerio de Cultura de la Nación - Foto: Carlos Brigo

Despedidos en el Ministerio de Cultura de la Nación – Foto: Carlos Brigo

La semana pasada recibimos en nuestra redacción un mensaje desesperado. Con el título «Grave situación en Desarrollo Social», un lector nos informaba de despidos y desasosiego en la Municipalidad de Las Heras. El texto del mail que recibimos decía: «Luego de la protesta lícita de los empleados y la negociación lograda con la promesa de la continuidad laboral de todos, a partir del lunes se trabaja bajo amenazas explícitas diciendo ´no hablés, pensá en tu familia´, ´ojo vos que yo sé donde encontrarte´. Desprecio verbal y persecución con nivel de patoterismo. Hoy martes 12/04 informaron a cuatro compañeros que este es su último día de trabajo. Cuatro personas muy necesitadas. Una de ellas está siendo hospitalizada en este momento. No soportó».

“Lo que no te mata te fortalece”, repiten quienes buscan fuerzas para seguir ante situaciones límites. El fortalecimiento o la fatalidad aparecen entonces, en esa especie de regla, como dos caminos posibles. Y es cierto, muchos con las políticas de ajuste se curten el lomo irremediablemente, pero algunos mueren, literalmente.

Yolanda Mercedes era auxiliar docente de una escuela especial en Mar del Plata. El segundo fin de semana de abril fue al cajero automático a cobrar su sueldo y se encontró con sólo $ 40. El gobierno de la Provincia de Buenos Aires le había descontado (al igual que a otros 65 mil auxiliares) $ 6000 por adherirse a medidas de fuerza que ella nunca realizó. Yoli entró en un estado de angustia insoportable que derivó en un infarto que la mató el 10 de abril. Tenía 60 años.

Muchos con las políticas de ajuste se curten el lomo irremediablemente, pero algunos mueren, literalmente.

Esteban Latorre, trabajador de la Biblioteca Nacional, con 7 años de antigüedad, recibió el 21 de marzo un telegrama de despido mientras estaba de licencia por enfermedad, tras padecer una operación coronaria. Reclamó y debieron reincorporarlo. El lunes pasado se presentó en la Biblioteca para presentar las certificaciones de su licencia. Sus compañeros cuentan que Esteban estaba muy angustiado por los más de 240 echados en su sección de trabajo y el maltrato que venía sufriendo. Ese mismo lunes, cuando volvía a su casa, se desplomó en la calle. Su corazón no aguantó más. Tenía una hija de 6.

Melisa Bogarín junto a su marido.

Melisa Bogarín junto a su marido.

Melisa Bogarín, trabajaba en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Las Breñas (Chaco) murió también de un ataque cardíaco en una reunión de trabajo, justo después de que las autoridades del organismo le informaran que su contrato se había renovado sólo por tres meses. Melisa había pedido la palabra para explicar que a su marido lo habían echado de la Secretaría de Agricultura Familiar y que tenía un bebé de 1 año. Mientras hablaba, la angustia la descompensó, la llevaron a un hospital, y la silenció para siempre el martes pasado. Tenía 30 años.

No es una oleada, ni un fenómeno catastrófico que se expande como una epidemia. Son casos puntuales, reales, que reflejan vidas truncas de carne y hueso. El rostro humano de la crisis, como le gusta decir a ciertos economistas.