Ensayo sobre la Sísmica

El viernes 15 de abril a las 22 hs., la Orquesta Sísmica Mercalli se presenta nuevamente en el Centro Cultural Israelita de Mendoza. En ZEPA nos adelantamos y espiamos un ensayo de esta orquesta mendocina de los tangos nuevos.

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Fotografías: Seba Landi

20:00, puntuales. Le escapamos al botón del timbre. De todos modos, un perro negro avisa con exagerados ladridos sobre nuestra llegada. Sonríe. Elbi Olalla siempre sonríe. Abre el portón y nos invita a su casa para compartir un nuevo ensayo de la Orquesta Sísmica Mercalli.

Laura Dana, violinista de la Sísmica, hace unos budines riquísimos que comparte en la cocina con Gonzalo Lesta, Alejandro Fiore y Federico Ortega. Aceptamos el convite y -con nuestra tajada- ahí nomás nos vamos a la sala principal de la casa de Elbi, donde la directora empieza a repartir partituras de una canción nueva. En realidad, nueva es la interpretación, el tema es la ya vieja Hijos de la tempestad de Fernando Barrientos, grabada en los ´90 por la dupla Caín Caín y que se reactualiza con la (re)vuelta de aquel clima de época.

“No tiene nada de tanguera, es como una baguala en ritmo de canción”, advierte Elbi sentada al piano, a la -por ahora- incompleta sección de cuerdas. Habla apasionada y mueve las manos sobre las teclas cuando habla, y así será durante todo el ensayo. “Vamos directamente al estribillo…”, lo tararea, golpea el compás sobre la pierna, y llama a Fede (Ortega), quien ansioso, con las manos en los bolsillos, se para detrás de las cuerdas, da una última revisada al celular y se apresta a cantar. Pero el perro (que luego descubriremos que es perra y que se llama Choique) ladra afuera, casi al unísono del timbre.

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Federico Ortega, Laura Dana, Gonzalo Lesta y Alejandro Fiore.

20:25. Entra por el pasillo un tipo arrastrando una ballena oscura. Es Gerardo Lucero ingresando dificultoso con su contrabajo enfundado de negro. “Tengo la pierna averiada”, cuenta, “se me hizo pelota la rótula”, especifica en su diagnóstico el autodenominado maratonista, que hasta hace apenas unos días estaba girando con la banda Altertango en Europa.

La Sísmica es un colectivo pero sin estrellas, la música se va haciendo horizontal, charlada, solidaria, con mucha alegría.

“Fede, vení, sentate acá al lado mío, así seguís la letra”, le dice Elbi al cantor y largan el esbozo. “Madre de los condenados, / lunita en el callejón. / Mientras otros visten santos, / yo me desnudo ante vos”, se escucha la voz en el estribo, con el primer borrador de la melodía. Por fin Gerardo termina de desenfundar la ballena. Arma el atril e intuyendo un pentagrama (que confiesa casi ni ver) le da con las chascas del arco a las cuatro cuerdas verticales.

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Gerardo Lucero y su ballena.

“Hice una de más al final”, tira Elbi, “¿Son tres o cuatro?”, duda. “Tres”, contesta Alejandro con su viola apretada al mentón, y no va a ser la última vez que sea preciso. Es muy puntilloso, todo el tiempo aportará correcciones nunca contradichas por el pleno. La Sísmica es un colectivo pero sin estrellas, su música se va haciendo horizontal, charlada, solidaria, con mucha alegría.

“Fede, mientras lo vas cantando fijate si lo vas medio percutiendo”, sugiere Elbi. Gonzalo y su violín callan y no pierden de vista nunca la partitura. “Tocalo con el Sol al aire”, le dice sin metáfora Laura al contrabajista, quien destaca “¡el nuevo peinado de la Elbi!”. “Ahora puedo hacer esto…” y bate la cabeza en simulacro de delirio. Se cagan de risa, y será así en decenas de parates del ensayo.

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Entramados: Fede Ortega, Elbi Olalla y Gerardo Lucero.

Otra vez Choique anuncia un nuevo arribo. “Debe ser la Noe…”, pero no es la Noe. Es Conalbi (Pablo), con su remera roja, su saludo escaso y hojas dentro de un folio. “Agarrá un libro y percutí”, aconseja la directora -con sorna tierna- al batero sin instrumento.

Arranca la nueva pasada de Hijos de la tempestad. Federico bagualea el canto: “Estuve crucificado en París, / huyo de la gran hoguera en Brasil. / No tengo nombre ni hogar. / Mi historia no tiene ni inicio ni fin, /soy los mendigos del año dos mil. / No tengo nombre ni hogar.”

“Vamos al (compás) 73”, indica Elbi. “74”, corrige Alejandro, al tiempo que se acomoda los lentes. Pablo suelta las hojas que tiene en las manos, se para al lado del contrabajo, sigue la partitura y con el dedo índice golpea el aire. Es cautivante imaginar el mundo de silencio que parece haber dentro de él y que fugará ruidosamente contra el bombo, los platillos y los toms en el próximo concierto.

Gonzalo Lesta y Alejandro Fiore.
Gonzalo Lesta y Alejandro Fiore.

21:10. Parece que llegó la Noe, la perra ladra, pero no es la Noe. Otra pasada. “Acá hay un Fa que no me gusta”, dice Alejandro y asiente Laura. Se paran, siguen, revisan, siguen. “Pablo, ¿qué opinas?”, le pregunta Elbi. Pablo no opina, se rasca la barba y lee de nuevo la partitura.

“¿Lo hacemos una vez más o la esperamos a la Noe?”, consulta la directora. “La esperamos a la Noe”, acuerdan en asamblea, pero no se detienen. Elbi pone un nuevo tango suyo sobre los atriles: Trago Amargo. Lo estrenan de un tirón. “Tiene cosas de un tal Troilo…”, bromea Elbi con Alejandro (risas, muchas risas). La letra habla de la “garra infame que no te destroza sino que goza de tu esclavitud” y del “trago amargo de tu traición”. Su autora y compositora ironiza: “parece que habla de los (fondos) buitres y de (Diego) Bossio… No sé, no sé…” (risas, muchas más risas).

Ladra exagerada la perra que no muerde. Ahora sí llegó Noelia Pavez con su cuerpecito y el cello que desarma, arma y ensambla a las cuerdas compañeras. Se acerca la choca mestiza -cuasi labradora- al piano. Elbi le hace unos cariños con sus manos de obrera-pianista. Ambas parecen saberlo: queda más de una hora de esa emoción sísmica que llamamos ensayo.

Elbi Olalla
Elbi Olalla

Orquesta Sísmica Mercalli

Laura Dana y Gonzalo Lesta: Violines
Alejandro Fiore: Viola
Noelia Pavez: Cello
Ezequiel Acosta: Bandoneón
Gerardo Lucero: Contrabajo
Pablo Conalbi: Batería
Elbi Olalla: Piano y Dirección
Leo Neirotti, Luciana Scherbosky y Federico Ortega: Voces.

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