La resiliencia del inquilino

Andrés Casciani - abr 2016

Por Marcelo Padilla – Ilustración: Andrés Casciani

Es así mi pasillo. Largo. De unos 50 metros. La mitad de una manzana. Es un corredor por donde se entra y se sale por distintas puertas. La cuadrícula donde vivo está abandonada y mi pasillo conecta por dentro, como por túneles, a toda la manzana. Las casas inhabitadas están intactas como las dejaron quienes se fueron. Puedo dormir en una casa y elegir la cama que quiero. O puedo despertar en un sillón de otro ambiente.

La manzana está tapiada enterita. Y hacia adentro desamparada. Como los dueños de las propiedades no consiguieron inquilinos por la crisis, las viviendas quedaron deterioradas y renunciadas. Por eso la municipalidad decidió tapiarla. ¿Cómo es que estoy aquí dentro? Es simple. En el pasillo donde vivo, en la piecita, dormí cuatro noches y cuatro días. Estaba enfermo y sólo me despertaba para tomar mis medicaciones o alguna infusión ya preparada que dejé en la heladera. Sentí ruidos de máquinas y martillazos. No les di importancia. Mareado por la fiebre, el reposo abatió mis fuerzas. Caminaba lo justo para ir al baño o buscar un libro (mi catre terminó en librería desordenada sobre las colchas). Cuando mejoró mi estado de salud decidí salir y no encontré más que el espesor de los muros.

Mi puerta daba a una pared. La abrí y topaba con otra. Es así que me puse a buscar otras alternativas de salida y divisé que la puerta trabada que conectaba a mi vecino estaba sin clavos. Probé empujando con el hombro y entré.  Caminé por la casa preguntando por sus habitantes: “holaaaa, vecinooooo”- nada. Todo era silencio abismal. Sin embargo las domesticidades estaban ahí: una taza de café a la mitad, un pan duro tostado, la heladera funcionando con sus alimentos en buen estado, las habitaciones con sus camas. Algunas ordenadas y otras no.

Cuando llegué al fondo había una puerta abierta que conectaba a otra casa. Me moví con confianza por dentro y todo estaba en la misma condición que la anterior, la de mis vecinos. Una casa, pude notar, vivida hacía pocos días donde no había un alma. Y así toda la manzana conectada por pasadizos, arcadas, corredores y puertas que se abrían y daban paso a más casas sin almas. Una manzana entera sin un alma más que la mía. Una manzana toda obturada donde sus puertas daban a muros.

Ahí me di cuenta que estaba encerrado. Así empezó mi sobrevivencia. Alimento nunca faltaba porque era cuestión de elegir la heladera de cualquier hogar y saquearla para comer. También ropa, de sobras. Imaginen, tenía de todo. De afuera venían los ruidos de los autos y los micros, los gritos pendencieros de la noche, las risas de los niños a la salida de la escuela. Declaraciones y  peleas de amor. Ladridos y choques. Balazos. La información del exterior más cercano era sólo auditiva; música de una banda de sonido de película en vivo, donde el set de filmación era mi manzana tapiada.

Asumida ya mi condición de refugiado entré en un estado de paz interior. Sin embargo de a poco todos los servicios empezaron a caer. Dejó de haber luz eléctrica, las heladeras de las casas ya no enfriaban, los televisores se quedaron ahí, como parte del mobiliario, apagados. Luego se cortó el agua y así precarizó mi vida el dominó del abandono. Hube conseguido muchas velas en los aparadores de las casas que fueron extinguiéndose, como era de prever. Coleccioné en la oscuridad objetos indelebles: llaves, cuadernos de anotaciones, despedidas en cartas de 1955, anillos de compromiso, muñecas de trapo y máquinas de escribir. Flores secas separadoras de libros. Así erigí mi propio museo del abandono.

El agua de los bidones y de las botellas, los fósforos y encendedores, la leña, el papel, todo se terminaba. Era una vida de involución inexorable hacia un estado de salvajismo ermitaño. Me fui a acostumbrando.  Empecé a comer ratas e insectos sin discriminar. Hojas de plantas de los canteros y patios, y los pocos frutales que quedaban en pie muriendo lentamente en jardines internos. Fui arrasando con los restos. Todo lo que tenía vida se extinguía y  yo lo consumía. Lo que empezó a cobrar vida era el museo de los objetos, el sentido puesto allí a modo de mito o tótem. Les rezaba a las llaves. Hice oraciones para las llaves. Eran el símbolo que construyó el mito y ritualicé con plegarias. Armé una especie de religión pagana.

Era un cenobita en plena auto-subsistencia, nómade con límites amurallados. Sólo quedaban los espejos. Y así empezó mi nueva filosofía. La de mirarme en todos los espejos del gran abandono para ver lentamente mi deterioro físico y mental. Mis ojos hundidos. Mi barba larga. Mi mugre. La manzana amurallada era tierra de nadie y yo su único habitante; el que podía usufructuar los bienes hasta su extinción. Así es que empecé a derribar las paredes internas de las casas con una pica y una masa, y dejar un gran predio de espejos para sentirme acompañado.

“Yo” era “todos” esos que, iguales en condición, estábamos excluidos dentro de la ciudad. Reflejados. A cada uno bauticé con un nombre y, con el tiempo, pude notar sus infinitesimales diferencias para generar mi propia diversidad orgánica. La comunidad organizada por el “yo” se movía y moría lentamente. Vi algunos caerse antes que otros, aunque éramos el mismo, todos moríamos en distintas circunstancias. La filosofía de los espejos me permitió morir después de mí, y ahí entendí, que los otros, eran los inquilinos que no se habían ido nunca. Fantasmas afiebrados que resistían como yo a la estrategia del cerco.