El país paterno

El país paternoIlustración: Camila Ojeda

Por Ana Navia

La primera vez que viajé a Bolivia fue a los siete años, con mi padre y mi hermano, en tren. Desde Plaza Huincul, Neuquén, hasta La Paz por tierra. Fue una aventura que atravesé a los vómitos. Recuerdo la explosión de arroz entre dos vagones a toda velocidad en lo inmenso de la puna.

En aquella época un brillo resaltaba mi sonrisa, una funda de lata enchapaba una paleta rota. Hay una foto, junto a mi hermano al lado de un cactus enorme, donde brilla aquel diente en consonancia con unas antenitas de molinos que giraban al viento, plateadas. Simpática, lejos de mi madre, en mi país paterno.

Recuerdo que al llegar nos recibió la familia, enorme, llena de tíos, tías, primos y primas. La casa donde nos quedamos en un principio tenía cuatro pisos, el último inhabitable por las termitas. Pensaba que estaba bien pero mi cuerpo padecía el efecto del apunamiento, así que me fui a dormir y eso duró un día  completo. Al día siguiente ya estaba lista para la vida en las alturas, y qué vida. Colores y ferias, chocolates y frituras me esperaban.  Todo era maravilloso, inolvidable calle Sagárnaga con esos animales, patos y gallinas disecados listos para ser enterrados en ofrenda a la Pacha. Plata, alpacas y miniaturas, la exquisita feria de las Alasitas conquistó mi corazón infantil con su versión infinita del mundo en mini. Amé a mi segundo país.

La leche no me gustaba, sabía diferente, entonces desayunaba un zumo natural de ciruela de la casa de mi tía Ana, con unos huevos revueltos y pan delicioso. No tardó en llegar mi intoxicación alimenticia de rutina. Tres días de mareos y vómitos diabólicos, una alucinación mi viaje.

Al volver estaba cargada de ofrendas, muchos peluches y muñequitos, con quienes dormí en el tren. Al despertar nada quedaba. La noche del tren me había arrebatado todos los regalos.

La vida llena de gente, música y colores, en forma de un país alto y soleado se abrió en mi mente, como un disparo de poder, de futuro.