Gloria y ocaso del Circo de Kaniche

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Ilustración: Andrés Casciani

Por Marcelo Padilla

Cuando dejé el circo sentí dos sensaciones contradictorias. La primera fue de libertad, como si me hubieran soltado de la cárcel luego de haber estado chupado 20 años. La segunda de vacío, porque todo mi sentido estuvo puesto allí. Sentí pánico. ¿Qué hacer cuando el circo se acaba? -era mi pregunta-. Me despedí de todos los amigos y salí con el bolso y la maleta. Me quedé en la esquina, mirando la gran carpa. Quería contemplarla desde afuera por un rato. Registrarla en la despedida, en plena retirada. Fueron veinte años hasta aquí. Y la verdad es que no sabía qué se hacía afuera. El circo se fundió y por más esfuerzo colectivo y cooperativo que tuvimos la cosa no dio para más. No teníamos para comer y los problemas vinieron por ese lado.

La compañía se había formado por iniciativa del Mago Kaniche, un empresario de espectáculos que vivió en Colombia muchos años y giró por toda Latinoamérica. Cuando vino a la Argentina quiso instalarse pero nadie lo acompañó en la idea. Kaniche quedó solo y montó la compañía con nuevos artistas, todos de barrios de la zona. Nos capacitó, nos dio de comer, una cama y trabajo. Hacia mediados de los años 90 el barrio era una desolación. Y los artistas callejeros laburábamos de lo que se podía. El circo de Kaniche era una oferta nada despreciable, segura, una oportunidad para salir del hambre y orientar nuestro arte.

La particularidad de la compañía fue no girar, más bien instalar un circo sedentario para la zona superpoblada de barrios bajos en los suburbios de la ciudad. El secreto era mantener el circo en una zona donde no había cines ni entretenimientos. A los cines los habían cerrado y a la ciudad no iba casi nadie porque la gente no tenía un mango para gastar. Kaniche tuvo una gran idea: un circo que de día funcionara para los niños y de noche para los adultos. Así, el circo se mantenía con funciones de jueves a domingos. Y se laburaba. Por lo menos nos manteníamos todos en condiciones dignas.

Los treinta artistas éramos un batallón todo terreno. Y al principio, con los animales, el circo fue furor. Los bichos aparecieron por dos vías: a través del comercio ilegal de animales y del robo sigiloso al zoológico del municipio. No teníamos elefantes ni leones, pero monos, gatos, perros, gallinas, palomas, loros y chanchos, no faltaban. Era un circo con animales domésticos en su mayoría. Algo inusual pero que dio sus frutos.

La genialidad de kaniche fue adiestrar a los bichos. En mi vida vi a una gallina hacer diez minutos de equilibrio en una pelota de fútbol mientras una voz en off relataba una historia improvisada. La gallina se subía al fútbol y con sus patas lo hacía rodar de aquí para allá, sin caerse. La gente, de pie y aplaudiendo.

Otra fue la riña de gatos vestidos de boxeadores. Dos gatos en un ring pequeño, para gatos, eran presentados por un loro. Los gatos tenían botas, pantalones cortos y guantecitos hechos con cuerina rellenados con goma espuma. Se paraban de manos los gatos y se cagaban a trompadas sin dañarse. Ese espectáculo era un palo. En el barrio los pendejitos hacían lo mismo con sus gatos y en las calles se armaban varias peleas.

Ni hablar del número de los perros con los chanchos. Partido de fútbol de cinco perros contra cinco chanchos. Los perros con la de River y los chanchos con la de Boca. Dos arquitos. Cuando salía cada equipo a la cancha en fila, la gente tiraba papelitos y cintas. Había hinchadas. La violencia a veces se hacía presente en las tribunas. Pero nunca faltaba el aliento. En general salían 0 a 0 porque a los perros les gustaba morder la pelota y se peleaban entre los del mismo equipo y terminaban desinflándola. Y bueno, el que la agarraba desinflada se la llevaba al fondo a esconderla y ahí el partido concluía. Los chanchos no cazaban una. Se atropellaban entre ellos. Y la gente se cagaba de risa.

Pero el tema era la función en la noche, la función para adultos. Empezaba a las doce de la noche. Había una barra para tomar vino con soda, cerveza y whisky. Y mesitas con velas. Se llenaba. Uno de los números que más garpaba era el de las gordas payasas. Daban una clase de iniciación sexual bizarra. Como una porno en vivo en una matrimonial iluminada. Las dos gordas vestidas de payasas se empezaban a sacar la ropa y quedaban en tanga chupeteándose las carnes. Más allá de lo bizarro la gente se cachondeaba en serio porque las gordas la sabían lunga.

Le seguía un número musical donde cantaba boleros Kaniche, el dueño del circo, y los coros los hacía una cabra vestida de frack. Al final se sorteaba una noche de sexo con las gordas payasas. Para parejas o para gente sola. Con el número ganador vos podías ir sólo o con tu pareja y coordinar la noche con las gordas. Era atractiva la función de la noche. Se chupaba bien y la gente salía contenta. Con la Municipalidad estaba todo arreglado. Hasta el intendente con la esposa iban de noche. La gente bancaba la movida. Pero como todo en la vida tiene un final, al circo le iba a llegar nomás.

Primero empezaron las denuncias contra el maltrato animal y toda esa movida de las fundaciones que bregan por los bichos y reciben subsidios para laburar de vigilantes. Empezaron los escraches en las funciones de la tarde. Y se metían diez minas y vagos gritando para romper la función. La gente los silbaba. Pero igual hacían quilombo y no estaba bueno. Se iban y todo seguía.

Después se formó una liga de padres bancados por un cura donde nos denunciaban por la función de la noche. Que era inmoral, que era un mal ejemplo, que la mar en coche. Una liga moralista impulsada por un cura con gente de la zona que iba a misa los domingos y no eran de los más pobres. Eran comerciantes o profesionales que se ponían la gorra con el cura y salía a cagarnos el laburo.

Esa fue la peor, porque el intendente, que era peronista y nos hacía la segunda, se las vio fiera con esa gente. Porque en definitiva era gente que influía en el barrio. El almacenero, el kiosquero, la médica, el abogado, más algunos empleados de la comuna que eran opositores políticos al intendente, y el cura. Tenían voz y las clases acomodadas se sobaban con sus discursos cuáqueros. Eran como los voceros de una cadena de medios de comunicación anti circo Kaniche. Y de tanta rosca que hicieron lograron voltear en las elecciones al intendente. Ganó la contra. Y esos contras nos hicieron bosta. Multas por esto o por lo otro. Clausura por una cosa o por la otra. La cuestión es que las funciones mermaron y tuvimos que bajar las nocturnas. Las gordas se fueron a la mierda emboladas porque no tenían laburo y se pelearon con Kaniche. Como no tenía guita el dueño para indemnizarlas les dio unos chanchos y unas gallinas. Arreglaron las gordas y se tomaron el palo.

Después vino la debacle total. Las funciones de día eran raleadas. El ánimo no era el mismo y, por ejemplo, los gatos boxeadores ya ni se peleaban. Se tiraban un par de manos y se dormían en el ring y el loro que los presentaba les picoteaba la cabeza para despertarlos. La gente silbaba. La gallina que hacía equilibrio con la pelota no estaba en su mejor momento. No llegaba a dos minutos que se caía y empezaba a cacarear de vergüenza y se iba al fondo. La gente, silbaba. Y así… todo mal.

Kaniche entró en depresión y tomaba todas las noches. El viejo mago emprendedor tenía las horas contadas. Enfermo y solo dejó que todo se viniera abajo. Se abandonó. Y un día lo encontré dormido para siempre abrazado a la cabra que le hacía los coros. Los dos desnudos. Esa mañana armé mis bártulos y salí sin destino.