La herencia cultural (primera parte)

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Marizul Ibáñez, ex Ministra de Cultura

Podrá decirse que hablar de una gestión de gobierno que perdió las elecciones es como hacer leña del árbol caído. Pero nadie nos negará el derecho a sacar enseñanzas del pasado reciente. También se podrá decir, y con cierta razón, que no es intelectualmente honesto sacar del contexto histórico, nacional e internacional, hechos o acciones políticas domésticas de una provincia. Pero también es cierto que lo cortés no quita lo valiente, y darle leña – otra vez – a quienes hicieron un montón de cosas mal en funciones de gobierno, es un derecho de cualquier ciudadano.
Dicho todo esto a modo de apertura de paraguas, enumeremos los groseros desaciertos de la ministra de Cultura que eligió el que fue gobernador de la Provincia durante el período diciembre de 2011- diciembre de 2015.

La ministra que legalizó su nombre artístico – Marizul – al acceder al cargo, fue hasta ese momento una empleada administrativa que logró que el gobierno de Lafalla la “becara”, eximiéndola de trabajar para que se dedicara todo el tiempo a terminar su carrera de “regisseur” (galicismo por director de escena operística) en el Teatro Colón, de Buenos Aires. De tal modo que, durante cinco años, su tarea consistió en viajar cada dos semanas a cursar o a rendir en el teatro mayor del país (así dicen). Cuando terminó su carrera debía reincorporarse a sus tareas administrativas, por las que nunca dejó de percibir su sueldo, magro, es cierto. No hubo caso, no se le encontró labor que supiera hacer o aprender… hasta que ganó las elecciones Paco Pérez. Como en los chistes de Les Luthiers, dijeron ¿y a quién ponemos en Cultura?… El resto lo sabemos.

Siguiendo el organigrama, ya había un joven que “siempre fue peronista”, que había participado de todos los asados del palo desde Rivadavia hasta Mendoza Capital. Dueño del Cine Ducal, que vendió a la Municipalidad (hay que decir que esa fue una de las mejores decisiones del Gobierno municipal de ese entonces). Al rato era Director de Cultura de Rivadavia, luego Director del Teatro Independencia (cargo de carrera al que se debería acceder por concurso), y, junto a su nueva amiga Marizul, Subsecretario de Cultura de la Provincia en el gobierno de Paco: don Fabricio Centorbi.

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Fabricio Centorbi – Foto: Archivo del ex Ministerio de Cultura de Mendoza

Siempre se rumoreó que no fue la ministra quien lo nombró, sino al revés, pero esos son chismes. Aprovechando el envión, nombraron a una joven amiga de Centorbi de los tiempos de su trabajo en el Teatro Independencia, una acomodadora (chicas explotadas en negro a cambio de la mísera propina que dan los habitués a los conciertos) en la planta del personal del entonces ministerio, Julieta Martínez, en la clase diez (el escalafón de los empleados del Estado tiene trece clases. Casi nadie llega a la trece, y hay quienes con veinte años de antigüedad, están en la clase seis o siete), para, a continuación, ponerla a cargo de la Dirección del Teatro. Así, de un saque.

A favor de la inexistencia de un organigrama, sucedió lo mismo en el Espacio Le Parc, inaugurado durante el gobierno del inexplicable Celso Jaque: nada de concursos, nada de nombramientos en regla, sólo contratos…(¿Cómo decirlo?) …raros. Los laburantes, mientras, laburaban. Eso se vio: el Le Parc y el Independencia siempre estuvieron a pleno. Mérito exclusivo de los empleados, técnicos, administrativos y artísticos, eso es innegable y sumamente destacable.

Larga es la historia de las luchas de los trabajadores para que alrededor de cien empleados contratados pasaran a planta, de los cuales unos treinta lo lograron. Pero eso es parte de otros chismes.

El resultado práctico de todos estos desmanes administrativos, todo el mundo los conoce. O mejor dicho, casi nadie conoce a Centorbi (porque casi nunca aparecía fuera de su oficina, o lo hacía casi a escondidas en las salas, cuando ya había empezado la función y desaparecía antes del final), nadie conoce a la Martínez, y poco se conoció a la ministra, sólo en las conferencias de prensa cuando saltaba algún escandalete y decía “que hable el Fabri”.

Los resultados políticos, de política cultural hablamos, dan para otra nota.