La “puta” de la muchedumbre

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Imagen: Banksy

Por Marcelo Padilla

En todas las casas bajas del mundo el sol les pasa la lengua a sus techos. El agua de las tormentas demora por gravitación, y desploma a peso muerto su abúlica necedad. El barro se hace mueble, como una escultura étnica. Así pasa en los barrios de poca monta: terminan moldeados por la vehemencia de la naturaleza como museos de barro seco en el desierto. Y allí la gente usa los baldes y las horas para limpiar las casas. Carla vive en una de ellas, en un sitio que no figura en los mapas de la provincia ni sale en los diarios más que en la “sección policiales”.

Empleada doméstica, ésa es su profesión. Separada de un marido celoso y mal mirada por sus hijos por haberse ido de la guarida. Carla no opina de política, no le importa, no le llega “la idea” de la política como algo que puede hacer el bien. Solo sabe que a las 7 de la matina tiene que estar en la parada del bondi para llegar a tiempo a la casa donde la llamen. Carla limpia y no para de limpiar. Es puro silencio, joven pero vieja, con futuro pero aplastada por el presente. Roberto, su esposo, es un mecánico depresivo que llora y la cela. La persigue hasta el trabajo y se queda ahí, con su Estanciera, parado en la esquina, para pispear lo que él imagina: Carla cogiendo con el dueño de casa donde limpia. Así la lleva Carla. Hasta separada la lleva.

Es parte de la muchedumbre silenciosa asqueada de la realidad que no le permite tan siquiera sostenerla con una fantasía (qué otra cosa es la realidad sino una fantasía que la sostiene y soporta). Una mujer que no sabe que tiene derechos o que no se los merece. Es de esas personas a las que no les llegó la inclusión por muchos motivos: ser de la muchedumbre que tiene de fondo la televisión por aire, abrumada por su cotidianeidad, Carla vive la vida como una maldición. Puede amar y odiar, pensar en suicidarse o matar, escapar o hacerles un bizcochuelo a sus nietos. Tiene tan solo 39 años, pero parece que tuviera 60. Morocha portentosa, bien parada, sale o escapa de su casa a limpiar la mugre de los demás. Es un trabajo, pero también es una forma de evadirse de la jaula.

La muchedumbre la trata de puta. Roberto, su marido fiel a la persecución, se las ha ingeniado para instalar esa idea de Carla en su familia y en el barrio. Y, como Roberto es depresivo y amenaza con matarse, los demás lo apapachan y le dan la razón. La puta de la muchedumbre se ha ido de su casa para no volver, a pesar de sus hijos y el dolor, (mujer que huye sirve para otra casa) Roberto ha quedado solo con sus hijos adolescentes, avivando el fuego del abandono.

-“¿Te la cogiste?”, me inquirió un día Roberto.

Fue una tarde-noche cuando el tipo tocó el timbre para buscar a Carla. Yo la llamo una vez por mes, cuando cobro, para que me dé una mano en la limpieza profunda de la casa. El tipo estaba convencido de su fantasía y fue lo primero que me dijo. Temblaban sus brazos, había pasado 3 horas esperando en la Estanciera y tocó el timbre de mi casa para buscarla e increparme.

-“Ey, hermano, tranquilo”, le respondí, “no te enrosques en eso, Carla viene a trabajar”.

Mis hijos (por suerte estaban mis hijos) miraban tele y Carla limpiaba el baño. Roberto miró la situación y se desinfló: los niños, la tele, casa de familia, todo tranquilo.

-“Perdón hermano, perdón, es que no me siento bien, ¿podes llamar a Carla?”

-“Sí, claro hermano, ahora la llamo, pero tranquilo, ¿querés pasar y tomar un vaso de agua?”

-“No, gracias, me quedo a esperarla en la Estanciera, no pasa nada, disculpáme”.
Roberto me tendió la mano y se fue, pero se fue con la Estanciera de la esquina vaya a saber dónde. Carla había demorado a propósito en el baño porque no le quería ver la cara. Mis hijos no entendían mucho lo que pasaba pero seguían con la tele haciendo como si nada. La tensión había bajado. Carla termina con su faena y suspira, le pregunto cuánto es, me dice 200 pesos más el micro. Le pago, le doy un abrazo y le deseo suerte.

-“Te llamo el mes que viene, cuidáte”, le dije compungido.

-“Dale, gracias”.

Carla saludó a los niños y se fue, caminando apurada con su bolsito bajo la noche fría que caía sólo sobre sus espaldas. La Estanciera no estaba en la esquina. No supe más de Carla, no la quise llamar, hasta que un día lo intenté para ver qué onda con su vida; y me atendió Roberto… y corté.