El pueblo quiere punk

Los Kinder Videla Mengele graban un disco nuevo para seguir conmemorando los treinta años que llevan arriba de cualquier cosa que puedan convertir en escenario y hacer explotar su música de combate. Están volviendo a las raíces pero con nuevos enfoques, siempre pensando en  los olvidados y recordándonos que estamos vivos.kvm 0

Por Mario Maure

Desde aquellos toques en la caja de un camión, a la participación en el disco virtual de Los Jaivas, Sueños Compartidos, han pasado treinta años, varios músicos y mucha historia pero hay cosas que no cambian en KVM, como su propuesta estética, ética y política.

“Hay muchas canciones de amor en la radio, pero pocas que dicen que estamos vivos y que no estamos conformes con el sistema social. Nosotros siempre nos comprometemos con lo que decimos. Que hayamos tocado en Le Parc no ha cambiado lo que somos, como dicen algunos. Seguimos hablando de Guardatti, de los olvidados y los marginados. Somos en serio y respetamos a la gente.”

La banda está integrada actualmente por Mito Murillo en voz, Negro Guerra en guitarra, Rubén Riveros en bajo y Punko Murillo en batería. Y el quinto Kinder, Edgar Murillo, artista plástico y miembro en las sombras, pero que tiene protagonismo en las letras y la producción artística.

La fidelidad al punk, pero especialmente al hardocore, la música con la que produjeron un quiebre en Mendoza, es explicada así por los Murillo:

“El punk se hace cargo de todos los marginados… de cualquier tipo. Los bolivianos acá fueron y son tan discriminados como los negros u otras culturas en cualquier parte del mundo. Acá al indio se lo trata mal. Vivíamos una época terrible en los ‘80, sin luz, sin agua, sin gas, en la Medialuna. Llevar encima ese estigma todo el tiempo… ‘soy de la Medialuna’, es algo que se ha atenuado hace muy poco. Sufríamos la violencia policial en forma permanente. A nosotros el punk-rock nos sirvió para expresar todo eso”.

Esa Medialuna donde se originó KVM, es el barrio de Guaymallén donde vivieron Tejada Gómez, Abelardo Arias y tantos artistas que provenían de la bohemia tanguera de los ‘50 y que fue tapiada por la dictadura para que no se viera.
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El  primer disco de hardcore que escucharon fue California Uber Alles de los Dead Kennedys, un regalo de Fidel Nadal a Mito, que se metió en la movida en los primeros ‘80. Los demás, como resultado de viajes y envíos de parientes y amigos.

Los primeros toques de los KVM eran un escándalo, un cuadro del Bosco. Arriba del escenario con instrumentos precarios o directamente destruidos no se privaban de mostrar los conflictos que pudieran tener entre ellos, mientras esa bola de energía que salía de los parlantes hacía que el público bailara o se molieran a golpes según los sentimientos del momento, eso que comenzó a llamarse “pogo”.

“Lo que pasaba arriba del escenario pasaba abajo. Eso no existía acá. Rompimos la careteada de ‘Hola… soy una estrella del rock’. Y si había violencia era la canalización de la violencia de la época… vos te acordás. Cada uno de nosotros expresa lo que quiere y puede y se hace cargo”. Esto les valió una nueva marginación: la del ambiente del rock y la acusación de que “no eran músicos ni hacían música”. Acusación discutible, porque  más allá del tipo de formación musical de cada uno, Edgardo Guerra, estudiante de cello en la Escuela Superior de Música, garantizaba que lo que se escuchaba era lo pretendido. Sobre este tema hubo un recuerdo afectuoso para Sergio Embrioni que los bancó siempre.

Hoy tienen nuevo sonido, nuevas composiciones y otra dinámica en el grupo a partir de la incorporación de Rubén Rivero y es lo que están plasmando en el nuevo disco que piensan tener listo en julio para salir a presentarlo en varios países de Latinoamérica. Siguen convencidos -como se los vio al marchar el 24 por la memoria, la verdad y la justicia- de que tienen mucho para decir en estos tiempos.

(fotos gentileza KVM)