Don Gloria

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Antonio Di Benedetto, escritor y periodista mendocino.

 

Por Fernando Rule *

Desde noviembre de 1975 le seguíamos los pasos a un torturador y violador del ejército. Su apellido era Carranza y su grado capitán. Era el jefe de la Compañía Comandos y Servicios, con cuarteles en la calle Boulogne Sur Mer.

En un operativo secreto, o ilegal, como se lo quiera llamar, pero del que el ejército no se hizo cargo aunque actuaron uniformados y sin insignias de grado, detuvieron a varios conocidos militantes de izquierda, gremialistas e intelectuales. De los que recuerdo: José Lozano – delegado gremial del Banco de Previsión Social; Laura Botella – abogada y esposa de Lozano; el Chino Moriña – militante del PCR, desaparecido; el Ratón Tagarelli – militante estudiantil; el Turco Pina – militante estudiantil; Pringles – militante del Peronismo de Base de Villa Marini; el profesor Bonardel – periodista del diario Los Andes y docente de la Escuela de Periodismo; el Lucho Vázquez – activista gremial, fundador del SOEP; la hija de Bonardel. Y otros cuyos nombres no me acuerdo.

Este capitán Carranza era un joven emprendedor que se preparaba para ingresar a la Escuela de Guerra, que es de donde los “oficiales subalternos” del ejército salen como “oficiales superiores”, de teniente coronel para arriba y desde donde apuntan al generalato. Comandó el primer grupo que operó en Mendoza con la metodología que luego sería de norma: secuestro, tortura – que incluía la violación sistemática de las detenidas – y derivación a la cárcel o el asesinato, según los casos o el azar. Tenía mujer y dos hijas pequeñas. La joven esposa, hija de un oficial de gendarmería, se quejaba entre sus amistades del mucho trabajo que tenía su marido con comentarios como éste: “Estoy podrida. Llega todas las noches a las tres o cuatro de la mañana por culpa de los nenes que tiene que interrogar”. Pero nosotros sabíamos que no todo era trabajo para el abnegado oficial, había noches en que descansaba de tanto trabajar con la picana eléctrica y de violar jovencitas y salía de juerga con sus amigos periodistas, Bragadín y Domínguez Palazzini y otros de la banda, el grupo de tareas. Como muchachones jóvenes que eran, hacían algunas travesuras, como cambiar las cuatro ruedas a su auto, un Dodge 1500, por otras con cubiertas nuevas de un coche igual, en pleno centro de Mendoza, amparados por la impunidad del terrorismo que ejercían con cédula militar.

En ese verano, apenas salía el sol, un día el ejército realizó un gran operativo rastrillo en el Barrio Santa Ana. Cercaron todo el barrio con cientos de soldados mientras otros requisaban casa por casa. El Poder Ejecutivo Provincial estaba a cargo de un tal general retirado Pedro Lucero, pero no controlaba nada. Enterado el periodismo por alguna llamada telefónica, salieron del diario Los Andes el Jefe de Redacción y un fotógrafo. Apenas empezaron a tomar fotos fueron detenidos, tendidos boca abajo en el piso y les velaron el rollo fotográfico. Un suboficial mantenía su botín sobre la cabeza del periodista. Al terminar el operativo, los liberaron con las consabidas amenazas. Al llegar al diario el periodista, rojo de indignación, consultó al Sub – Director Antonio Di Benedetto, sobre la conveniencia de publicar lo sucedido. Don Antonio, fiel a sus convicciones liberales, le dio su aval y al día siguiente se publicó una página entera con detalles del operativo, sin fotos, pero con el relato de la humillación sufrida por los periodistas.

Esa mañana apareció Bragadín en la oficina de Don Antonio a reprocharle la nota y lo mal parados que dejaba a los militares. El cagatinta aprendiz de milico estaba conchabado por el comando de la VIII Brigada como “corresponsal de guerra”, ostentando su condición de oficial de reserva. Este a su vez le consiguió un curro similar, como corresponsal en el Operativo Independencia, a José Domínguez Palazzini, quien con uniforme, casco y micrófono aparecía en las pantallas de la televisión de Mendoza, alabando el patriotismo de aquella banda de ladrones que comandaba Bussi.

A los gritos del corresponsal de guerra, Don Antonio respondió “no me van a decir ni usted ni su ejército lo que debo publicar”. Bragadín se retiró masticando venganzas diciendo “esto le va a costar caro”.

Fue así que la noche del 24 de marzo del año siguiente, Antonio Di Benedetto figuraba en las listas de subversivos que recibieron todas las unidades, con órdenes de detenerlos. Don Antonio fue encerrado en el Liceo Militar Gral. Espejo y al llegar el invierno fue trasladado al pabellón once de la cárcel de Mendoza, en donde lo conocí.

En esos días la cantina nos vendía el diario Los Andes y en el pasillo del pabellón nos sentábamos en el piso a escuchar al compañero que leía en voz alta las noticias más importantes. Don Antonio casi no hablaba, pero escuchaba atentamente la lectura del diario. Un día no pudo ocultar su indignación ante la vista de una foto en que estaban las autoridades del diario en una visita oficial a los milicos golpistas. Había sonrisas y apretones de manos, pero de su sub director (en realidad era el director, el que manejaba el diario, ya que como director figuraba uno de los propietarios) preso, nada decía. El viejo – para nosotros lo era, aunque tenía cincuenta y dos años – puteó por primera vez con su terrible voz de bajo profundo.

Otro día leímos que el dictador Videla había invitado a almorzar a los que consideraba la crema de la intelectualidad argentina. A la comida asistieron el presidente de la SADE , Ernesto Sábato y otro escritor. La nota no decía nada que no fueran salamerías (con “s” de salame)y, de hecho, representaba un aval al gobierno de facto.

Videla-Sabato Borges

Años después leí, en un librito de Sábato, o en una nota periodística, no recuerdo bien, una justificación de Sábato a ese gesto de indignidad, aunque me pareció leer entre líneas que el querido maestro estaba arrepentido de haber asistido.

De todos modos, a los pocos días el mismo diario Los Andes, al igual que los diarios de Buenos Aires, publicaron una solicitada de la SADE en que pormenorizaban los reclamos por las libertades públicas que le habían expuesto a Videla y en donde destacaban particularmente la exigencia de libertad para Antonio Di Benedetto, Gloria de las letras argentinas. El diario en ningún lugar decía que se trataba de su propio director.

Don Antonio, que era muy formal, sonrió sin euforia, creo que esperanzado. Aún no tomaba conciencia que le quedaba un año de cárcel y muchas pateaduras.

El Pardo Rosales, un lumpen muy simpático, comenzó a llamarle “Don Gloria”, apodo que pronto se generalizó entre los más jóvenes. Don Antonio me dio las quejas por lo que consideraba una burla. El viejo se sentía mal y no estaba para jodas. Hablé con los compañeros y todos comprendieron. Quedó prohibido llamarle Don Gloria al Silenciero, que como Don Diego de Zama, moría de frío esperando, asombrándose todos los días al escuchar los relatos de las atrocidades cometidas por los militares, relatadas con mucho humor por las propias víctimas.


* El autor es miembro de la Asociación de Ex Presos Políticos de Mendoza. El capítulo que hoy publicamos forma parte del libro “Un Allegro muy Largo. De la vida social y cultural en las cárceles de la dictadura argentina (1976-1983)”, editado en marzo de 2006.-