Mi amigo «el capo»

Foto: Seba Landi

Foto: Seba Landi

Por Marcelo Padilla

La verdulería de la esquina debe ser una de las mejores verdulerías del mundo. Montada en un barrio de casas viejas y otras renovadas del viejo Dorrego, el caserón, tiene todo lo que uno pueda imaginar. Allí trabaja el pibe de ojos claros del cual me hice amigo no bien pisé el barrio hace casi dos años cuando me vine a alquilar, apenas a una cuadra y media de la verdulería. Reciben débito. Y esa es la gran pegada. Labura a full, con tres empleados más la pareja que es contratista del caserón y hacen de dueños. “El capo” -así lo llamo yo al amigo-, siempre está de buen humor. Es un pibe joven, tendrá unos 23 o 24 años. Los otros muchachos son más bien callados y no se les nota lo que sienten. El capo es mi amigo.

Entramos en confianza por su camiseta de fútbol, la de River, por hacerle cargadas, las típicas gastadas sin mala onda ni cinismo. Más bien, como una forma de relacionamiento que tenemos a los que nos gusta el fútbol. De ahí, un día, pasamos a la política. Era inevitable. Se venían las elecciones presidenciales que dirimían a través del balotaje quien iba a ser el presidente en la Argentina. Scioli o Macri. El país estaba en plena tensión y se notaba en las calles del barrio. No solo en la verdulería sino también en la pituca panadería de la otra cuadra, donde van los sectores medios y altos a comprar exquisiteces. Pegado a la panadería pituca hay un kiosquito chico, una gaterita de dos x dos que atiende de mañana el hijo y de tarde-noche el padre. Allí van a comprar los sectores bajos y medios bajos. El padre es un peronista clásico más bien hosco, de Perón y Evita, y el hijo es un kirchnerista simpático de Néstor y Cristina. Putean. Los dos putean.

El kiosquito es un lugar de asamblea permanente porque las gastadas allí no son como en la verdulería por el fútbol, son a través de la política. “Ese que va ahí es un viejo garca que se queja todo el día, ¿lo ves?”, me dice el hijo, señalando a un hombre de unos sesenta y pico de años que sube a una camioneta de lujo con cara de orto. “Ese vota a Macri”. Y así, en confianza, el hijo por la mañana y el padre por la tarde-noche me dicen cosas, conocen a los que compran por su ideología pero sobre todo por su olfato de clase. A mí me fían los puchos o la leche y otras boludeces cuando no tengo un mango. Somos amigos ya, o mejor, compinches. La panadería y el kiosquito, pegados uno del otro, son una muestra de clase y de ideología en el barrio. Y la verdulería de la otra esquina, donde trabaja mi amigo “el capo”, un territorio intermedio, donde los dueños no hablan y con su silencio dicen todo. Los empleados hablan poco como les decía, pero el que más habla con vehemencia es “el capo”, que no tiene filtros. El capo siempre vitoreaba a los cuatro vientos “¡¡¡Vamos Macri carajo!!!”, y yo me reía y le decía: “nooo, mi hermano… me extraña, ¿vos con la camiseta de River votando a Macri?… me extraña compadre”. “Siiii facha, vamos con Macri nomás, si son todos chorros estos del gobierno”. Yo me callaba y reía porque es un buen tipo y un laburante. Además, ¿quién era yo para decirle algo? Era un voto cantado. Con ese voto, que más que un voto era una muestra de cómo venía la mano con una parte importante de los sectores populares, me servía de muestra.

Y un día ganó Macri. En la panadería, los clientes, en general se los notaba contentos, en el kiosco de al lado tristes y con bronca, y en la verdulería silenciosos los dueños y los empleados, excepto mi amigo “el capo” que estaba chocho. “Ey fachaaa, ¿la pusimos viste?”, me decía con los ojos a pleno, con la camiseta de River y laburando a puro piropo con las mujeres. Es un ganador “el capo”. Siempre metido en quilombo de polleras. Yo sólo le dije que temía que ganara Macri porque me parecía que iba a gobernar para los ricos y que los negocios chicos como la verdulería iban a sentir la crisis. Que en lugar de comprarle la gente una bolsa de frutas y de verduras, al poco tiempo se iban a llevar dos bananas y dos naranjas, un par de tomates y una lechuga. En fin, yo no era quien para convencer, sólo le daba mi parecer que el negaba rotundamente.

Una tarde de enero, con Macri presidente ya, meten en cana a Milagro Sala. Y en el país hay marchas en todas las ciudades. Recuerdo que fui un domingo a la primera marcha en el kilómetro cero a las 18, bajo un calor infernal, a expresar mi repudio por esa detención. Yo estaba en la calle, en medio de Garibaldi y San Martín, charlando con un amigo; cuando escucho un grito: “faaachaaaaa”. Era “el capo”. Primero no entendí mucho y miré quién gritaba así, y lo vi. Estaba en la esquina y se acercó a darme un abrazo. “¿Qué haces aquí cabrón?” le dije, mientras le daba mi abrazo contento por verlo. “Nada, estoy esperando a una mina que me dijo que nos juntáramos en esta esquina, una rubia riquísima que me levanté en la verdulería….y aquí, ¿qué pasa facha? ¿Qué onda con esto?”, preguntaba “el capo”, sin entender un zorongo. “Es una marcha capo, metieron presa a Milagro Sala y hay una marcha para apoyarla”, me salió como respuesta. “Ahhhh, qué copado…buena onda”, decía “el capo” mientras quedaba hipnotizado con los bombos y las trompas de la Tupác, y los cantos de La Cámpora. “Ta bueno esto facha ¿no?”…bueno, la voy a buscar, después te veo”. Y se fue “el capo” sin más.

El lunes se hizo otra marcha y así, el tema es conocido y no voy a abundar en ello. A mí me interesa contarles qué pasó con “el capo”, mi amigo de la verdulería de la esquina. Como voy siempre, me lo encuentro a la semana posterior a la marcha. “¿Y capo?… ¿cómo te fue con la mina?”, “re bien facha, me costó encontrarla, pero de ahí nos fuimos a tomar una birras y pegamos un telo barato, todo bien facha, buena onda… ¿cuándo hay otra marcha facha?”, me preguntó interesado y yo sin entender mucho. “No sé capo, las marchas no se hacen todos los domingos, se hacen cuando pasa algo”, le comento con una sonrisa y medio sorprendido por la pregunta. “Es que la mina va a las marchas facha y me dijo que ahí nos podemos ver, avísame cuando haya otra, no sabes cómo está la rubia facha”.

El capo está en esa edad donde la ideología y el pensar pasan por la poronga. Y no hay lola. Cuando estás así, sólo te entra todo por ahí. Hasta se piensa por ahí. La cuestión, para ir resumiendo, es que “el capo”, de aquella arenga a favor de Macri en noviembre de 2015 a estos días, cambió la sonrisa y la forma de atender en la verdulería. Con el tiempo, se fue apocando…. a veces lo veía cabizbajo y meditabundo, mirando el piso mientras atendía a los clientes. Era marzo, entrado marzo ya de frente manteca y se sentía en el ambiente de la verdulería una sensación de preocupación y nerviosismo. Yo iba igual y compraba dos bananas y dos naranjas, un par de tomates y una lechuga, y no decía nada. Sólo le daba un beso y un abrazo al capo y nos despedíamos con buena onda.

Un día, por la mañana, pasé a comprar un melón. Y mientras me lo daba me dijo: “facha, tenías razón”…y nada más, silencio. No me salió contestar porque no era una pregunta, más bien era una confesión. Una triste confesión de resignación, tan triste como el brillo de sus ojos.

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