Los Beverly Giles

Ilustración: Camila Ojeda

Ilustración: Camila Ojeda

Por Ana Navia 

Hubo una médica en el primer periodo de la unidad. Cirujana, amante de un oscuro director asociado, cirujano también. Un tipo horrible, de esos que gustan engominarse, perfumarse, como si fueran a cruzar el ártico con eso como escudo protector. Ropa ajustadísima y camisa abierta hasta el pecho, un morocho transero del conurbano, una lacra neomenemista, cincuentón, un ejemplar de la corrupción. Ella, la residente de cirugía, se lo llevo de premio, a puro garche hospitalario.

Eran un dúo digno de los beverly hills. Ella tenía un audi blanco descapotable, en el que venía a trabajar al conurbano. Él le obsequió para su cumpleaños un accesorio para los faroles, una especie de par de “pestañas”, sí, pestañas para su auto. Tal era el estilo Miami de este par.

Ella tenía voz nasal, hablaba fuerte y le encantaba decir guarangadas, mostrar pijas en el celular y hacer chistes alusivos. Tenía un pelo cual paja teñido de una especie de anaranjado, siempre planchiquemado. Llegaba tres horas tardes a su turno y lo primero: enchufaba la planchita, y a hacer lo propio. Acostumbraba a no atender, sino que tomaba lista, les preguntaba a los pacientes delante de todo el mundo a qué venían. Estridente, boicoteadora de las directivas de la unidad, empalagosa, compradora, manipuladora. Se vestía como un pedazo de caucho de poné a franchela. Minifalda, plataforma, escote y chaqueta apretada.

Hoy regentean la salud de un lejano municipio del conurbano sur de Buenos Aires, de algún santo comprado con licitaciones públicas. Ella y su par. Tremendamente impunes.

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