Me dijo que vendría a las siete

Alekesei Bedny
Foto: Alekesei Bedny

Por Marcelo Padilla

El gol lo hizo un defensor con casaca verde a las seis y cuarenta de la tarde, durante el segundo tiempo, cuando faltaban 5 minutos para el final. Pero ella me dijo que vendría a la siete, y no vino. Nunca más la vi. El partido siguió y el final se hizo esperar porque hubo escaramuzas entre los jugadores: trompadas, empujones al árbitro, piedras desde las tribunas. El tiempo de descuento se alargó, más de lo normal: veinticinco minutos de alargue. Yo esperaba de todas maneras a pesar que las siete de la tarde ya no eran. Y el gol y las trompadas, lograron distraerme de la preocupación por su tardanza. No me acuerdo como terminó el partido; es más, ni sé quién jugaba; pero luego comenzó otro partido, pegadito, y lo dejé que corriera. Ni sé quién jugaba en este caso, tampoco.

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A las siete habíamos quedado por el motivo de siempre: a esa hora, todos los días, cae la tarde.

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La hora 19 fue clave para mí que devino en un ensayo que redacté hace unos años y, el psiquiatra del momento al que visitaba, cuando se lo comenté, me dijo: “traemeló, me interesa. Esa hora es la hora bisagra y, para pasarla, hay una medicación específica de nueva generación, una droga que apunta al impulso, que lo detiene o lo contiene. Pero antes de suministrártela quiero leer lo que me contás del ensayo”
No entendí mucho, debo decirlo. Igual, confiaba en el médico. A la semana siguiente se lo llevé impreso. “La hora 19” ya estaba en sus manos y la sesión consistió en su lectura en voz alta. El que leía era el psiquiatra y yo simplemente escuchaba, sorprendido por el voraz interés del médico. Leía y cada tanto lo notaba sollozar, hasta una lágrima le cayó en un momento. Solo atiné a pasarle un vaso de agua y un pañuelo de papel tisú que había sobre su escritorio.

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La sesión había terminado como siempre, a los 45 minutos, pero hubo tiempo de descuento, algo así como 25 minutos más de lo acostumbrado. El médico siguió leyendo sin registrarme, en voz alta y levantando una mano con el dedo índice dibujando el aire, como si estuviera dando un discurso en un Congreso de Psiquiatría. Hubo un respiro en su lectura. Sacó una pastilla de su maletín y se la tomó, tragó y siguió leyendo. Me estaba leyendo a mí o, en todo caso, se lo estaba leyendo a él, para confirmar –intuí- que la pastilla contra el impulso debía tomársela él y no yo. Eran las ocho de la tarde y hacía una hora que estaba yo en el tema de la escucha. Se produjo una especie de trasvasamiento. La sesión al revés: yo escuchando al que debía escucharme y medicarme, medicándose delante de mío.

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Por momentos, durante su alocución leída con énfasis, pensé que era una actuación del tipo. Que algo me quería decir, leyendo el escrito que yo sabía de qué trataba. Medicándose delante de mío, tomando esa pastilla contra el impulso de manera -vaya la paradoja- impulsivamente. Algo de eso había, no lo había visto así jamás y me resultó extraño porque era un tipo de experiencia como para dudarle.

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Cuando me di cuenta que el médico no paraba de leer y releer el texto –era la noche ya- hube de interrumpirlo. “Doctor, doctor”, le dije. “Si, perdón, contáme”, respondió como si nada, levantando la vista del texto. “Son las ocho y media de la tarde, tengo un compromiso, tengo que irme”.
“Bien, dejemos la sesión acá, la seguimos la semana que viene”.

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Salí del consultorio y la noche eran luces que alumbraban el pavimento desolado. Sentí el silencio de la ciudad. Era sábado, en un horario muerto, como una fisura en el tiempo y en el tranco del típico traqueteo urbano. Volví a mi casa y puse el partido del momento. Gol. Otro gol. Muchos goles de no sé quiénes.

Jamás volvió.

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