Me hice adicto

Melón5

Por Marcelo Padilla

Los globos, hasta el 10 de diciembre pasado, simbolizaron la felicidad. Es medio pelotudo hablar de globos, refiriéndome a estos, que otrora en cumpleaños de niños, implicaban (y lo seguirán significando) celebración. Hoy es otro mambo. En el áspero territorio de lo simbólico el globo está significando la inflación ficticia de una felicidad, en todo caso, perdida. Un globo inflado en una celebración ficcional para la sociedad que choca con adustos rostros cabeza gacha de un pueblo que siente la sobrevivencia y la amenaza en su vida cotidiana.

Pero no quiero seguir con este tema. ¡Basta ya!, me digo. Yo, lo que quiero decir, es que acabo de llegar a mi casa de hacer unos trámites en bicicleta por Dorrego, saltando calles destrozadas, alumbradas por el sol tenue de la medianía de la mañana.

A la vuelta del trámite anduve errando por la zona de La Terminal de bondis, y vi esos barsuchos donde a las 10 de la mañana se toma cerveza mientras que en el centro se desayuna café con leche. Una tienda porno de venta de objetos de estimulación sexual, un hotel que supe habitar algunas noches de evasión, de esos chiquitos de mala muerte, en una esquina estrecha.

La calle de los que llegan o se van. Viajeros, vendedores, el centro neurálgico donde se busca. Por eso “los buscas”. Y ahí, en ese andar liviano, esperando un semáforo largo como un sueño inca, me di cuenta que delante de mí tenía una camioneta Ford modelo sesentaipico, hecha percha, repleta de melones. El perfume de los frutos me engancho en el lento estar y hube de seguir el recorrido de la chata.

“Vendo melones sandías de Lavalle/ Vendo melones sandías de Lavalle”, voseaba con un micrófono el conductor de la Ford que alguna vez fue blanca. Un tipo joven, de rostro curtido por el sol, cobrizo, seco y adusto, que repetía el slogan publicitario (lo cual me hizo acordar a mi San Juan de infancia, donde pasaba así el hielero, el pescadero y el lechero por las calles de tierra regadas por un camión cada tanto).

Me le puse al lado y luego lo seguí detrás porque el perfume de esos melones eran globos también, inflados, pero eran densos en su pesar, tenían fruto, embarazaban carne verdosa. En todo caso, nacidos no de una fantasía sino de la tierra árida de este desierto insoportable.

Iba lento como van los vendedores ambulantes. Sometido a ese ejercicio anti estrés, prácticamente anticapitalista, de una chata que sólo traccionaba melones de Lavalle, y algunas sandías infladas de sangre y semilla -germinal globo aerostático veteado-, me hice adicto.

Así es que recorrí unos barrios detrás de la embarcación melonera lavallina, parando cuando alguien le estiraba la mano. Eran muchos melones – calculo que doscientos cuanto menos-. Y ese hombre joven curtido por el sol voseando en los barrios. Y yo adicto. Y la media mañana germinal, en “el estar” de sacar el día.

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