Old boy

Old boy

 

Por Marcelo Padilla

“A mí no me la van a venir a contar porque yo la viví. Estuve preso durante el proceso. Por eso, estos pendejos de La Cámpora me tienen los güevos por el piso. Ta todo bien con el kirchnerismo, pero yo a estos yupis que cobran 30 o 40 lucas con 30 años no me los banco un metro, querido… Son unos pajeros. Nacieron a la política cuando se murió Néstor y te quieren dar cátedra de militancia, de construcción de poder popular, de economía política, de armado en el territorio, ¡DE UNIDAD DEL CAMPO NACIONAL Y POPULAR! De todo saben estos giles. ¡Así cualquiera! Con un carguito de 40 gambas, yo también me las sé todas. Encima echan panza. Son unos pequeñoburgueses que le tienen miedo a todo. Esperan la orden, no tienen una puta autonomía para pensar. Son como la Coordinadora del Coti Nosiglia en la época de Alfonsín. Leen lo que les dice la bibliografía de manual. Son un grupo de estudiantes en el Día de la Primavera, pero sin fierros. Además, sectarios. Soberbios. Son unos irrespetuosos. Encamisados, trajeados, militantes de cuello blanco. Imaginate que yo, a los sesenta y ocho años, ya las viví. Que no me vengan. Estuve en cinco cárceles, seis años chupado. Y no me fui al exilio, me comí el garrón acá, en la lucha y atrás de los barrotes. Estos piringundines me la rascan con las dos manos. La minas, igual. Son todas cortaditas con la misma tijera. Ahora son todas feministas. Todo es una inmunda problemática de género. Odian a los hombres, los gorrean, les sacan plata, tienen un hijo y les pegan una patada en el orto. Ejercen una especie de venganza contra el hombre. Se han empoderado de tal manera que no saben qué puta hacer con el poder que tienen. Siempre dije, andan en autitos chocadores sin saber para dónde, el tema es chocar. Andá… feministas, ja”.

El Tano es así. Un tipo formado en los setenta. Monto. Pasó de la UES a la JP y de ahí a Montoneros. La vivió fea el Tano. Yo le entiendo el resentimiento a veces. Es de los tipos que nunca hicieron nada por un cargo (lo que otros llaman, por el contrario, “vocación de poder”). Militante, con aptitud de construcción de poder popular en los barrios. Anduvo siempre calzado con un cuchillo yarará en el cinto y una Ballester Molina enfundada en la pierna. Se agarró varias veces a los tiros con la cana. Trajinaba de aguantadero en aguantadero. En las marchas coordinaba la seguridad, armaba los cordones, vanguardia y retaguardia. En Mendoza le decían Koi, por el pez koi japonés. Esos peces son resistentes a todo, a las altas y a las bajas temperaturas, son guerreros. En Córdoba, en prisión lo apodaron Akita, por el perro sagrado de los japoneses en la Segunda Guerra. Los nipones en el norte sobrevivieron en cuevas comiendo perros akitas y se abrigaron con la piel del perro. Son como osos esos chocos. El Tano es bifronte: gladiador y oso.
Formó pareja con una compañera de la Regional Cuyo, que militaba en el barrio San Martín (allí los montos tenían un laburo fuerte, junto a los grupos cristianos de la Teología de la Liberación, con el cura Macuca José María Llorens, un jesuita peroncho que con los 70 vecinos del basural hicieron un barrio. Ahora viven 30 mil personas), y tuvieron dos hijos. Eran nómades: que la casa de la madre de él, que la de unos amigos, que hoteles, en fin. Una vida dura. Además, el Tano banca, siempre bancó desde que asumió Néstor, y si bien tiene sus críticas, banca todo el proceso latinoamericano. Pero no se come ninguna. Tiene un celu Motorola del año del ñaupa, de esos cabezones que no sacan ni fotos. Nada de Samsung Galaxy S4. Nada de remeras con la cara de nadie. Nada de militancia en las redes sociales. Lo virtual para él ha remplazado a lo real. Un parco el Tano. El chabón deambuló por Córdoba en plena dictadura y nadie sabía dónde ubicarlo. Nadie tenía que saberlo. Pastillita de cianuro por las dudas, para “no hablar” y esas cosas. Lo terminaron agarrando por una batida de unos infiltrados de la Triple A. Lo cagaron a palos y se comió tres simulacros de fusilamiento. A la mujer, Graciela, la mataron en una emboscada en San José, en Mendoza. La siguieron dos tipos de civil y cuando se dio cuenta que estaba atrapada, les descargó una 9 mm, de las que choreaban en los asaltos a las comisarías. A uno lo bajó para siempre y el otro quedó herido y se salvó. Este fue el que, en la balacera, atrás de la cancha del Atlético Argentino, la del Boli, un atardecer de 1977, le pegó el tiro en la espalda y luego la remató con otro en la frente. Así cayó Graciela, la Rosa, le decían, por Roxa Luxemburgo.

El Tano quedó hecho mierda. Cargó solo con los pibes, y cuando fue en cana se los criaron los padres. De pendejo jamás vivió holgadamente. Viene de una familia de laburantes. El padre fue obrero de los Talleres Metalúrgicos Rousselle, en Godoy Cruz, y delegado gremial. La madre cosía para afuera. Con una Singer. Vivieron en el barrio Cano, pegado al barrio San Martín.

El Tano es un “cuadro” de la puta madre. Yo lo entiendo. En Mendoza está ninguneado. Por viejo. Por eso putea, porque siente que con esta juvenilización de la política, a los viejos no se los consulta. Se los deja de lado. Sobre todo si han sido militantes pobres. Y no se quedó en el tiempo. No es un setentista. Le jode que todo sea una escenificación acrítica de la política. En fin. Además, hace terapia desde el año noventa. Tiene traumas que le dejó la tortura. Es depresivo, toma una importante cantidad de pastillas y no se cuida del todo. Yo tengo miedo que le dé un bobazo. Es un gran tipo. Cada vez que lo voy a ver al neuropsiquiátrico, al Carlos Pereyra de la Cuarta Sección, se pone contento. Tomamos mate con tortitas y charlamos mucho. Lo dopan demasiado. Lleva cuatro internaciones y dos intentos de suicidio. Es un bajón. Cuando me despido, se pone a llorar como un niño.

En el hospital arma siempre quilombo. Por la comida, por los horarios de visita, por el maltrato a los internos, por los encierros en la leonera. Por eso le meten dopamina a dos motores, y lo tumban con 8 mm de Clonazepán en gotas. Además, lo surten con Quetiapina y con Risperidona. Fuma todo el día. Sale y entra, sale y entra. Toma merca y cae en un bajón terrible. Los hijos lo internan y se van. El tratamiento que recibe es una cagada. Las sesiones de terapia son de veinte minutos. Cada tanto. A veces pienso que no tiene arreglo, que está desatendido y que se abandona. Que no puede con él. Siempre me dice: “Alberto, sacame de acá, esto es una bosta, de acá salís más loco de lo que entrás”. Igual tiene sus momentos de lucidez y atina. Pero esto no es un tema individual que yo pueda solucionar. La nueva Ley Nacional de Salud Mental 26.657 está parada desde su sanción a fines del 2011. Nadie la regula porque hay intereses en la corpo médico-psiquiátrica que conservar. Los médicos son los que más se oponen porque la noción de salud mental en ella se amplifica a todo el cuerpo social y el abordaje debe ser integral, no sólo médico. Encima, los ministros de salud en las provincias se manejan como se les da la gana. Está en el último rubro de sus prioridades. Pero es ley. Y también trampa.

Al Tano lo conocí en un bolichón en los noventa, a principios de los noventa. Era del palo del rock y consumía merca con ginebra. Era un escéptico, como todos en esa época. Yo era un pendejo pero igual pegamos onda. Siempre nos encontrábamos en el mismo bolichón a charlar y a tomar ginebra, en La Bóveda, un antro roquero, una guarida subterránea donde estacionaban barricas de vino en la década del 50. Gustavo, un arquitecto desencantado con el mundo, se puso un bar ahí. Lo visitaba todo el ambiente del rock, pintores y escritores. Drogones, borrachines; y el Tano. Fue un símbolo de época el lugar. Un amparo contra el escepticismo que generó el menemismo cuando arregló con Bunge & Born y puso en el Ministerio de Economía a Miguel Ángel Roig primero (se murió al poco tiempo) y a Rapanelli como sucesor del muerto; dos ejecutivos de la empresa Molinos Río de la Plata, de los Born. También detestó el acuerdo con Firmenich para el Punto Final. Se abrió. Se asqueó.

En ese contexto, La Bóveda era un refugio nuclear para sobrevivir al shock neoliberal. Necesitábamos de la máscara para la depresión. Ahí nos veíamos con el Tano. Hablábamos de política, de drogas y de rock. Aprendí muchísimo. Después nos íbamos de gira, a ver un par de bandas del momento a El Infierno, otro resguardo. Y de ahí a otro barsucho hediondo que cerraba a las ocho de la mañana, que se ponía denso cuando estaban todos duros y se les acababa la merluza. Fue un maestro para mí. Un padre intelectual. Sabía de todo. Se comió los tres tomos de El Capital de Marx. De cine, una banda. De música, una audioteca. Un autodidacta muy formado. Por eso lo entiendo. Y como es un Don Nadie en el mundillo pestilente de la política menduka, no existe. Mandan los garcas, los que se hacen pasar por kirchneristas y ayer fueron menemistas y mañana serán sciolistas. Conchetos egresados del Liceo Militar General Espejo. De ahí salieron el Gordo Baglini, Julio Cobos, Roberto Iglesias, Paco Pérez. En Mendoza mandan esa clase de tipos y son amigos de los empresarios que manejan la energía, el agua, el gas, el sol, la tierra y la luna. El último bastión popular en esta provincia fue el lencinismo. El Gaucho José Néstor Lencinas fue gobernador de Mendoza en 1917 derrocando a los “gansos” conservadores. Hasta se le opuso al propio Hipólito Yrigoyen porque le hacía sombra en el interior. El lencinismo era símbolo de alpargata y a sus seguidores les llamaban descamisados. Una verdadera anticipación al peronismo. Un populismo de principios del siglo XX cuyano. Y pará de contar.

Por eso en los nuevos esquemas de funcionamiento de la política actual el Tano no entra. Lo dejaron. Muchos compañeros lo dejaron. Esos abogados que viven en countries y se muestran todo el santo día en televisión, en los juicios por la memoria y están llenos de guita, lo dejaron. Porque su apellido, González, sale en la guía setecientas veces, porque está medio loco, porque el Tano no tiene filtro y no tiene poder… por pobre.

Hace diez años que anda sin laburo fijo y a pura changa. Va zafando. Los hijos le tiran unos pesos y le compran cada tanto un par de bolsas en el supermercado. Pero al psiquiátrico sólo yo voy a verlo cada veinte días. Cuando sale me llama y ahí nos juntamos. Le hago un asado en mi casa con unas buenas ensaladas, le cuento de los amigos, lo saco a caminar por el parque, bajo el sol, recordamos anécdotas, charlamos de algunas películas y tomamos unos buenos mates. Pero bueno, se hace lo que se puede. El sábado pasado lo invité al Espacio Cultural Le Parc a ver una obra de teatro y me sacó cagando. “Nooo, querido, eso es para la gilada. El Le Parc es para la gilada. Al menos le hubieran puesto Leonardo Favio. ¡Pero Le Parc!… es retilingo. Preguntá en el barrio quién puta es Le Parc. Un famoso por su fama que vive hace décadas en París. Arte cinético… ¡Que se la hagan plantar por tres burros juntos! Igual, gracias. Mejor veamos una película. Una de la que te hablé tanto y ahora la conseguí trucha: “Old Boy”, una surcoreana que es una bomba, del director Park Chan-Wook. Quiero que la veamos juntos. Y después vemos la remake norteamericana que hizo el año pasado Spike Lee. Y dejá que al Le Parc vayan los pibes cool, los hipsters del kirchnerismo. ¿Te parece?”.

“Dale, Tano, lo que quieras”.

El Tano está en tiempo de descuento. La edad para él es un golpe de Estado. Solo le queda cuidar el resultado. Meterse en el córner, pisarla, amasarla, y encorvado parar el culo de espalda al rival, aunque le pateen los talones, aunque le metan codos en los omóplatos. Tiene que dormirla y que pase el tiempo. La tribuna visitante lo entiende. Sabe que en el descenso las cosas se hacen cuesta arriba. El empate en cero sirve. Juega en rodeo ajeno y el público local lo chifla. Le tiran botellas con meada. “Montonero hijo de puta, soltala”, “Viejo drogadicto”, le gritan. ¡¡¡De acá no salen vivos!!!

El aguante se lo hacen en el codo de la popular norte un puñado de compañeros de lucha, cimarrones. Todos viejos. Los trapos rezan: “Montoneros”, “Patria o Muerte”, “Liberación o Dependencia” “Comando José Sabino Navarro”, “La Peñaloza”. Las banderas son rojas y negras, otras celestes y blancas. Y una gigante que baja ondulante y termina tapando al manojo de hinchas que empieza a festejar. La imagen es el rostro del Chacho Peñaloza. Abajo del trapo reza en mayúscula “OLD BOY”.

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