Breve historia de la exclusión, en un verano de mierda

ciruja

Hay montones de ejemplos. Este es sólo uno. Luis Alberto Gómez vive en la calle desde hace un año y medio y el retorno al sistema es cada vez más difícil.

“¡Qué verano de mierda!”, dice, mientras extiende un buzo en el banco de la plaza. En el bagayo, tiene otro montón de ropa. “¡Que verano de mierda!”, repite. La verdad es que para Luis Alberto Gómez (59), desde hace un año y medio todas las estaciones son una porquería. Las tormentas de febrero, las heladas de mayo, las eternas noches de julio, el zonda de octubre…, todo le complica la existencia. Nada es suficientemente bueno cuando uno vive en la calle.

“Tenía esperanza de conseguir trabajo en enero. Me lo habían prometido. Pero, ¡imaginate ahora, que cada vez hay más gente sin trabajo! ¿Por qué carajo me van a llamar a mí, si hay cincuenta tipos más jóvenes que yo buscando el mismo laburo, eh?”.

Luis se cayó del sistema, fue expulsado de él, el 7 de agosto de 2014. “Yo era el cuidador de una finca que está sobre la ruta 7, cerca de la calle Míguez (en San Martín), y nunca me pagaron con recibo ni tuve papeles”, cuenta.

Dice que un buen día su patrón decidió que necesitaba esa casa, que quería “ordenar” la finca, y le mandó a un oficial de Justicia y a la policía “que cargaron todo en un camión y lo volcaron en el patio de la casa de mi suegro”.

Desde ese día María de los Ángeles, su mujer, vive en esa casa del barrio El Nevado. Con ella está Ludmila, la hija de la pareja, que tiene un año y medio. Luis, que no se entiende con la familia y que no quiere “vivir de prestado”, decidió vivir en la calle.

Dice que supo tener 170 hileras de viñedos a su cargo, “para poda, atadura y cosecha” y que “fui tractorista”. Ahora “soy cartonero, un ciruja, como dicen”.

Por las mañanas, se lo puede ver mateando en un banco de la plazoleta Hipólito Yrigoyen, al lado de la Municipalidad de San Martín. Por las noches, se acomoda en un pequeño cuadrado abierto que es parte de la construcción donde funciona una sucursal del Banco Galicia, justo frente a la plazoleta donde toma mate. “Me acuesto ahí cuando se van todos y me levanto y dejo todo ordenado, antes que lleguen. Saben que duermo ahí, pero no me han hecho problema”, cuenta.

Mientras Gómez ensilla el mate prolijamente, acomoda la bombilla, le pone un poquitín de azúcar y sigue cebando, en la oficina de Desarrollo Social cuentan que su caso es complejo. Que el hombre no pide otra cosa que casa y trabajo, pero que ninguna de las dos son simples de conseguir. Que es bastante mal arreado como todo sobreviviente, y que no es simple conversar con él y acordar una estrategia para que pueda reinsertase en el mismo sistema que lo expulsó, incluso antes de que lo desalojaran.

El hombre ceba y convida, mientras habla de su esposa y de su hija. “Ella compró (dio a luz) en el Hospital Perrupato y tuvimos problemas, porque se la querían sacar. Decían que nosotros no podíamos mantenerla, ni tampoco le podíamos dar una casa. Entonces, firmamos el alta voluntaria y nos fuimos”, recuerda. “Como un año antes, habíamos tenido dos mellizas. Una nació muerta y la otra se murió unos días después”.

Todos los excluidos hablan igual. Apenas mueven la boca y parece que se tragaran las palabras. Es como si masticaran una mezcla de vergüenza y de bronca. Gómez habla así. Por momentos intenta una sonrisa y solo le sale media, mitad dientes, mitad agujeros.

Hace tanto que está allí, que se ha transformado en parte del paisaje. A nadie le llama la atención. La gente se acostumbró a ver el puesto de diarios, al cafetero y a Luis Alberto Gómez con su bicicleta llena de cartones. Lo han visto abrigado en invierno y mojado en verano. Hasta lo han saludado con una inclinación de cabeza, que él ha respondido de la misma forma.

El hombre ceba mate y espera. Ya casi ha olvidado qué está esperando.

-¿Usté cree que habrá alguna posibilidad de algo?- pregunta

-No sé qué decirle, don Gómez. No sé.-

El tipo ensilla el mate, otra vez.

Hoy va a hacer calor. Quizás a la tarde haya tormenta. ¡Qué verano de mierda!

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