Relato coral por el laburo y el archivo de Infojus Noticias

trabinfojus szLa masiva ola de despidos que realiza el gobierno nacional toca especialmente a periodistas de todo el país, lesionando además el derecho a la libertad de expresión de toda la sociedad. Zepa propone esta crónica elaborada a partir de las experiencias de las propias trabajadoras y trabajadores cesanteados de la Agencia Infojus, fundamental medio creado hace tres años y que está siendo desmantelado por inicativa del ministro de Justicia y Derechos Humanos, Germán Garavano.

“Una de mis maestras dijo que los periodistas somos los cronistas de nuestra historia. Cada uno se relaciona con esa historia del presente como puede”, Sebastián Hacher.

Entre los millares de personas que asesinó y desapareció la última dictadura hay más de 120 periodistas. Marcadamente se trata de la época donde las libertades de expresión y de prensa fueron más vulneradas y reprimidas. Pero nunca sucedió en la historia argentina una persecución ideológica en la escala que están viviendo las y los trabajadores de prensa como desde el día de la asunción de Macri, con despidos masivos y desmantelamientos en el sistema de medios públicos y todas las áreas de prensa de las distintas ramas ministeriales y delegaciones provinciales. Todo esto en el marco del decretazo contra la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y las autoritarias y violentas disoluciones de la AFSCA y AFTIC y como consecuencias de las al comienzo secretas pero ya notoriamente públicas instrucciones del nuevo Ministerio de Modernización, cuyo principio exclusivo acerca de la “reorganización” del Estado es el ajuste total en áreas sensibles -y no tanto- a través de presiones y la amenaza de desvinculaciones laborales.

Es importante agregar que dichos documentos contemplan tres etapas en este “proceso de depuración”, de las cuales ya se han ejecutado dos, haciendo mella primeramente en los amplios bolsones de trabajadores precarizados que dejaron las administraciones kirchneristas. Algunos cálculos hablan de alrededor de 50 mil personas despedidas hasta el momento y que para el 31 de marzo -cuando concluya la “tercera etapa”- habrá otras tantas. Desde luego, esto tiene su correlato en las suspensiones y despidos que comienzan a ejecutarse desde el sector privado, algo explícito en los medios de comunicación privados, donde desde ya a finales de 2015 existen fuertes reclamos sindicales por recortes, censura y cesantías como en La Nación, Página 12 y el desmantelado Grupo 23, del cual penden los puestos laborales de 800 familias.

En la órbita estatal -hasta el momento- el impacto mayor se dio contra la Radio Pública, ya que el 1 de febrero se informaron casi 400 despidos, entre ellos 6 de Mendoza que han sido momentáneamente reincorporados. Al desmantelamiento de Infojus -Garavano ya confirmó su eliminación y la creación de otro portal-, que comenzó en diciembre y continuó a finales de enero a expensas de una ya “tradicional” opereta de diario Clarín, en la que entre otras cosas se mentía acerca de la cantidad de empleados de la Agencia (“200” frente a 44 de la realidad), se suma el alevoso y repudiable borramiento realizado hace diez días del archivo de más de 15000 notas elaboradas en tres años. La dimensión del daño puede palparse en la nota En Infojus hubo periodismo, lo borraron, como registró trágicamente el periodista Waldo Cebrero al no hallar este artículo -sobre un crimen de 1969-, por lo cual “hasta la luna cautiva se robaron” y en la serie de comunicados de la Asamblea de Trabajadores de Infojus, como ¿Quieren borrar a Infojus Noticias? y El pasado no se borra ni puede dejar de ser accesible.

Son entonces los testimonios colectivos o individuales vertidos en las redes sociales, de los propios damnificados y damnificadas los que se recogen a continuación, junto con otras fuentes como los comunicados de apoyo de gremios, investigaciones periodísticas y loables esfuerzos por comunicar, más allá del cerco informativo y del blindaje mediático.

“Detrás de los expedientes hay personas”

Ana Fornaro publicó una excelente crónica sobre el 10 de diciembre y el 25 de enero: “Pensé que ya había hecho el duelo. Cuando el 10 de diciembre, día de la asunción de Macri, llegaron cuatro desconocidos a la redacción, exigieron las claves de acceso al administrador y a las redes sociales, sacaron de su escritorio al director, a la subdirectora y al jefe de redacción y pidieron bajar de la página dos notas (una del último discurso de Cristina Kirchner, otra sobre delitos económicos en la dictadura), yo estaba vomitando en mi casa. Mientras Macri leía torpemente el discurso en el Congreso, yo iba y venía del baño con la tele prendida. (…) Esa noche, la entonces subdirectora, María Eugenia Ludueña, me mandó un mail contándome las escenas. Que querían una foto más linda de Macri, que se les habían parado atrás señalando la pantalla y diciendo ‘bajá esto’. Era desgarrador. Sabíamos que el proyecto periodístico que arrancamos bajo la dirección de Cristian Alarcón estaba en las antípodas del macrismo (por nuestra agenda, por nuestro posicionamiento frente a ‘la familia judicial’, por nuestra forma de hacer periodismo poniendo el foco en las víctimas). Pero no sabíamos que la cosa iba a ser tan salvaje”.

Después vinieron las promesas falsas y las evasivas de la nueva directora Sabrina Santopinto, sobre que no iban a echar a nadie e incluso iban a ampliar la Agencia con una radio y un canal televisivo, dadas la calidad del trabajo y su alcance, más los tiros por elevación al ministro Garavano: “A fin de mes, esa misma persona que aseguró que se iban a mantener los puestos de trabajo le pidió la renuncia a toda la conducción. Luego los despidió”. Y llegó el fatal lunes 25 de enero: “-Los que estén en la lista tienen que presentarse en Coordinación. Y ahí fuimos los nombres. A una oficina oscura de edificio oscuro del centro, donde, uno por uno, nos fueron llamando y mostrando telegramas de despedido que nunca habían llegado. El mío tenía fecha del 13 de enero, día que me reintegré de las vacaciones. Ahora entiendo por qué Santopinto no me respondía los mails. Yo era un fantasma. Estuvimos yendo a trabajar durante dos semanas sin saber que nos habían despedido”.

reprensa szEscribió Milva Benítez, otra “desvinculada” sin causa: “El lunes cuando llegué a las ocho a la redacción, Juan Carrá no estaba subiendo las notas de la primera mañana, ni revisaba a contrarreloj los diarios de las distintas provincias y la información de las agencias. Estaba esperando una respuesta porque el usuario que le permitía usar su computadora estaba deshabilitado. Empezamos a probar nuestros ingresos, el de todos. La historia se repitió. Diez personas no pudimos trabajar. El 25% de una redacción de 44 personas estaba deshabilitada. (…) En algún momento una funcionaria del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos se acercó y leyó nuestros nombres. Esa fue la primera lista. No había más información, solo que nos teníamos que presentar en Coordinación. En esa oficina nos pidieron que anotáramos nuestros nombres en una segunda lista. Después, uno por uno, nos fueron llamando. En algunos casos tenían mal nuestras direcciones, en otros quisieron entregarnos un texto tipeado en una hoja blanca. Ni siquiera nos pidieron nuestros documentos para certificar que éramos quienes decíamos ser. Salíamos de ahí, sin una respuesta. Aún no sabemos por qué nos despidieron; aunque un asesor nos dijo que se trata de ‘una decisión política’ y que las explicaciones las dio el ministro en otros medios”.

“En algunos de esos medios, colegas reproducen declaraciones en off del ‘entorno’ del ministro. Dicen que hubo despidos porque no íbamos a trabajar. Esto es falso. Hicimos nuestro trabajo con el mayor compromiso, algunos desde abril de 2013, cuando se creó la agencia. Como contó Laureano Barrera, un amigo, otro de los periodistas a los que están echando: ‘no hay, no hubo nunca, ni un sólo ñoqui en Infojus Noticias’. Lo que aprendí y compartí con estos compañeros, excelentes personas y profesionales, es mucho”.

“Ese lunes, cuando nos fuimos de la oficina de Coordinación, nos cruzamos con trabajadores del Programa Memoria, Verdad y Justicia que se encarga de apoyar e investigar para los juicios por los delitos de lesa humanidad. En su área también eran diez los despedidos, hasta ese momento. Ellos y nosotros, integramos una lista más grande de recorte de las políticas públicas, de achique de derechos”.

En los mismos términos que Fornaro se expresó Juan Manuel Mannarino: “Para implantar nuevas líneas editoriales inmediatamente fueron separados de manera violenta la subdirectora y el secretario de redacción, sometidos a la incertidumbre y finalmente despedidos de forma individual por ser los de mayor confianza de la anterior gestión. Luego se conocieron diez cesantías más: tres redactores, dos fotógrafos, dos productores de videos, una editora, un jefe editor y el encargado de redes sociales, todos notificados de forma brutal y violenta, haciendo recordar a los peores tiempos de la dictadura”.

En tanto que Cristián Alarcón, “alma mater” de la Agencia junto a Martín Ale, Sebastián Hacher y María Eugenia Ludueña en marzo de 2103 y su director hasta diciembre pasado, escribió: “Sabíamos que despedirían a todo mi equipo de la dirección periodística, incluyéndome, y eso estaba dentro de la lógica de un recambio de gestión y de línea editorial predecible. No dejaba de ser doloroso ver cómo desde el 10 de diciembre vaciaban de contenido la agencia y la convertían en un portal dedicado a dar comunicados del ministerio. Suspendieron las guardias de fin de semana. Por eso casi no hubo cobertura de la escandalosa fuga, por ejemplo. Desactivaron las coberturas de femicidios y violencia de género, apagaron las de Lesa Humanidad. Los autos con chofer para que los periodistas salieran a hacer coberturas dejaron de trabajar para la redacción, pasaron a ser usados para transportar desde y hacia sus hogares a los nuevos funcionarios. El lunes junto con los despidos previstos comunicaron muchos más y de manera brutal. Se metieron con la redacción, con periodistas impecables, intachables, lúcidos; con periodistas que en muchos casos jamás apoyaron al gobierno anterior, críticos”.

“(…) Ser periodista es vivir en el desacuerdo, en la tensión con las fuentes, los protagonistas de los acontecimientos, los lectores y con los dueños o financiadores a quienes se los frena siempre con convicción ética y evidencias producidas de la investigación permanente. Cuando leo los nombres de mis compañeros despedidos no puedo dejar de recordar las escenas entrañables de una redacción viva. Nada más hermoso que una redacción donde se late, se respira, se intoxica uno de periodismo y realidad, contingencia, noticia”.

“(…) Pasamos de tener en noviembre 322 mil visitas, a tener en este aciago enero poco más de 120 mil. Por eso el dolor por los despidos, no solo por las familias que quedan sin ingresos y los trabajadores sin empleo, sino porque lo que persiguen es el desmantelamiento de un proyecto periodístico, de un medio de comunicación que no puede hacer periodismo con las noticias que el Estado produce. No puede informar sobre la ilegalidad con que el nuevo gobierno procede al tomar las grandes decisiones con el instrumento preferido del presidente. No puede dar cuenta del desguace del andamiaje estatal que protege los derechos de los ciudadanos y fortalece los juicios a los genocidas”.

Un Estado que borra archivos

atrafsca szSobre la desaparición del archivo de 15 mil notas de Infojus apuntó el cordobés Waldo Cebrero que “la comparación que cae de cajón es la que la equipara con la quema de diarios y libros en la dictadura. Pero es más grave. Estas notas, por ser de un medio público, fueron hechas con los recursos de todos”. Su colega, Laureano Barrera, ejemplificó: “En tres horas intensas de testimonio, Julia Pizá me enseñó muchas cosas. Contó la tragedia de su familia con una fuerza que todavía no entiendo de dónde sacó. Julia es hija de Liliana Pizá, desaparecida en La Cacha, y de Alberto Paira, fusilado por la espalda en una zanja de la ciudad de Berisso. Ella misma, sus primos, su tía, su tío y su abuelo estuvieron secuestrados durante la dictadura. Llegué a mi casa y escribí de un tirón, con un nudo abajo de la garganta, desde la primera letra hasta la última. Es una de las notas que más me marcó en mis años en Infojus. Ahora no está. Fue borrada por el ministro Garavano y su trouppe -con Sabrina Santopinto como nueva directora del sitio-, como el 90% de las notas que hicimos. No les va a alcanzar: la memoria no se puede arrasar apretando un botón”.

En tanto que Sebastián Hacher, en la nota Borraron nuestro trabajo de tres años, señaló que “borrar el archivo de un medio de comunicación es borrar parte de la historia del presente” y que ellos lo comprobaron “mientras lo hacían, en tiempo real, porque me acuerdo de cada una de las notas que publicamos. No solo de los textos y de las fotos (sobre todo de las fotos, siempre tan bellas). También recuerdo las circunstancias en las que encargamos cada tema, cómo se pensó cada texto, cómo se editó y hasta cuantos lectores tuvo cada cosa que publicamos. Y me acuerdo de los errores: de cómo nos hicimos cargo cuando los cometimos, algo inédito en el periodismo argentino. Muchas de esas notas y sus circunstancias forman parte de una memoria hecha de la adrenalina que solo entienden quienes hacen periodismo a contrarreloj: fotos geniales, un texto que te emociona o un dato que se confirma a último momento. En la web se vive en un cierre constante y así vivimos hasta el 9 de diciembre”.

También explicó que en la agencia “hicimos casi todo nosotros. Formamos el equipo, pensamos el perfil, decidimos donde iba a estar cada escritorio. Todavía tengo en mi computadora el power point donde se esbozó que detrás de los expedientes hay personas. Ese fue nuestro lema. Infojus Noticias se trató de eso, de arremangarse y explorar todas las posibilidades. Mienten los que dicen que no se puede hacer periodismo de calidad desde una agencia estatal. La prueba está ahí. Entre las cosas que están borrando, además de datos judiciales, crónicas, documentos históricos, hay mucha belleza. Muchísima”.

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